Toda idea nueva que llamaba a su cabeza queriendo entrar dábale que sospechar, y parecía como si la oliscase con la misma salvaje desconfianza que su yegua "Pía". Pero no se maravillaba de nada; si le hubieran dicho que en la ciudad los caballos van en coche, se habría quedado impasible, con esa máscara de indiferencia oriental que constituye la dignidad del campesino siciliano. Parecía atrincherarse instintivamente en su ignorancia, como si fuese la fuerza de su pobreza. Siempre que le faltaban argumentos repetía: "Yo no sé nada. Yo soy pobre", con una sonrisa obstinada que quería ser maliciosa.

Había pedido a su amigo Alfonso que le escribiera el nombre de Mara en un pedazo de papel que había encontrado quién sabe dónde, porque recogía cuanto veía por el suelo y lo había puesto en el lío de los trapos. Un día, luego de estar un rato callado, mirando muy pensativo de una parte a otra, dijo serio, serio:

— Yo tengo mi novia.

Alfonso, aunque sabía leer, abrió los ojos desmesuradamente.

— Sí — repitió Jeli —; Mara, la hija del señor Agripino, que estaba aquí, y que ahora está en Marineo, en ese caserío tan grande del llano que se ve desde el teso del Literero, allá arriba.

— Conque... ¿te casas?

— Sí; cuando sea mayor y tenga seis onzas de salario al año. Mara no sabe nada todavía.

— ¿Por qué no se lo has dicho?

Jeli movió la cabeza y se dió a reflexionar. Luego desató el lío y desdobló el papel que había hecho que le escribiera.

— Es verdad que aquí dice Mara; lo ha leído don Jesualdo, el guarda, y fray Colás, cuando bajó en busca de las habas. Uno que sepa escribir — observó luego — es como uno que conservase bien las palabras en la caja del eslabón y pudiese llevarlas en el bolsillo y mandarlas aquí y allá.