— ¿Qué vas a hacer ahora con ese pedazo de papel, tú que no sabes leer? — le preguntó Alfonso.

Jeli se encogió de hombros; pero continuó doblando cuidadosamente su papel escrito en el envoltorio de los trapos.

Había conocido a la Mara cuando niña, que bien se pegaron al encontrarse en el valle, cogiendo moras en las zarzas. La chiquilla, que sabía que "aquello era cosa suya", agarró a Jeli por el pescuezo, como un ladrón. Se dieron sus buenas puñadas, por turno riguroso, como hace el tonelero con los aros de los toneles, y cuando se cansaron, calmáronse poco a poco, según se tenían agarrados.

— ¿Tú quién eres? — le preguntó Mara.

Y al ver que Jeli, más salvaje, no decía quién era:

— Yo soy Mara, la hija del señor Agripino, que es el campero de todos estos campos.

Jeli entonces soltó la presa sin decir nada, y la chica se puso a recoger las moras que se le habían caído por el suelo, mirando de reojo de cuando en cuando a su adversario con curiosidad.

— Del otro lado del puentecillo, en el seto del huerto, hay muchas moras muy gordas — añadió la pequeña — y se las comen las gallinas.

Jeli, en tanto, se alejaba paso a paso, y Mara, luego que le siguió con los ojos hasta que se perdió en el encinar, volvió las espaldas a su vez y fuese corriendo a casa.

Pero desde aquel día empezaron a domesticarse. Mara iba a hilar estopa al parapeto del puentecillo, y Jeli empujaba el ganado poco a poco hacía las faldas del Cerro del Bandido. Al principio quedábase apartado de ella, revoloteándole alrededor, mirándola de lejos con aire desconfiado, y poco a poco iba acercándosele con paso cauteloso de perro acostumbrado a las pedradas. Cuando al cabo se encontraban juntos, permanecían horas enteras sin abrir la boca; Jeli, observando atentamente el intrincado trabajo de media que habíale mandado hacer su madre a Mara, o viéndole ella a él incrustar caprichosos zigzag en las varas de almendro. Luego íbanse cada cual por su lado sin decirse palabra, y la niña, cuando llegaba a la vista de su casa, se echaba a correr, levantándosele las sayas sobre las coloradas piernezuelas.