Por el tiempo de los higos chumbos, fuéronse a la espesura del matorral, a comer higos todo el santo día. Vagabundeaban juntos bajo los nogales seculares, y Jeli vareaba las nueces, que llovían como granizo; la niña se daba a recoger con gritos de júbilo cuantas podía, y luego escapaba a toda prisa, cogiéndose las dos puntas del delantal y tambaleándose como una viejecilla.

En todo el invierno Mara no se atrevió a asomar la nariz con aquel frío tan grande. A veces, al anochecer, veíase el humo de las fogatas de zumaque, que Jeli hacía en el Llano del Literero o en el Cerro de la Abundancia, para no quedarse aterido, igual que los abejarucos que encontraba por las mañanas detrás de una piedra, o al reparo de su surco. También a los caballos les gustaba menear un poco la cola en torno al fuego, y se le apretaban unos con otros para calentarse.

Con el marzo volvieron las alondras al llano, los pájaros al tejado, las hojas y los nidos a los setos, y Mara volvió a andar en compañía de Jeli sobre la blanda hierba, entre las matas en flor, bajo los árboles todavía desnudos que empezaban a pintarse de verde. Jeli se metía entre los espinos como un sabueso para coger los nidos de mirlos, que le miraban espantados con sus ojillos de pimienta; los dos niños llevaban muchas veces entre la camisa conejitos desencamados, casi pelados aún, mas ya con largas e inquietas orejas, correteaban por los campos tras la piara de los caballos, entraban en los rastrojos tras los segadores, paso a paso, con el ganado, deteniéndose cada vez que una yegua se paraba a arrancar un matojo. Por la noche, al llegar al puentecillo, se marchaban cada cual por su lado sin decirse adiós.

Así pasaron todo el verano. Entre tanto, el sol empezaba a ponerse tras el cerro de la Cruz, y los pardillos iban siguiéndole hacia la montaña según obscurecía, por entre las chumberas. Ya no se oían grillos ni cigarras y a aquella hora difundíase por el aire como una gran melancolía.

Por entonces llegó a la cabaña de Jeli su padre, el vaquero, que había cogido la malaria en Ragoleti, y ni aun tenerse sobre el burro que le llevaba podía. Jeli encendió el fuego a toda prisa y corrió "a las casas" a buscar algún huevo de gallina.

— Extiende un poco de paja junto al fuego — le dijo su padre —, que siento que me vuelve la fiebre.

El calofrío de la calentura era tan grande, que el compadre Menu, sepultado bajo su gran tabardo, la albarda del asno y el zurrón de Jeli, temblaba como las hojas en noviembre ante la hoguera de sarmientos, que le hacía una cara blanca como la de un muerto. Los hombres de la hacienda iban a preguntarle:

— ¿Cómo va, compadre Menu?

El pobrecillo no respondía más que con un quejido como el de un perrillo nuevo.

— Es malaria de la que mata como un escopetazo — decían los amigos calentándose las manos al fuego.