Llamaron asimismo al médico; pero eran dinero despilfarrados, porque la enfermedad era tan clara que un niño sabría curarla; ya si la fiebre no era de las que matan de todos modos, con el sulfato se curaba en seguida. El compadre Menu se gastó un ojo de la cara en sulfato, pero era lo mismo que echarlo al pozo.
— Toma un buen cocimiento de "eucalitus", que no cuesta nada — sugería el señor Agripino —; y si tampoco sirve como el sulfato, por lo menos no te arruinas gastando.
Tomaba el cocimiento de eucalipto, y la fiebre le volvía con más fuerza. Jeli asistía a su padre lo mejor que sabía. Todos las mañanas, antes de salir con los potros, le dejaba el cocimiento preparado en la gamella, el haz de sarmientos a mano, los huevos en la ceniza caliente, y volvía temprano a la noche, con la leña, la botella de vino y algún pedazo de carne de carnero que había ido a comprar a Licodia. El pobre muchacho hacíalo todo con garbo, como una buena ama de casa, y su padre, según le seguía con cansados ojos en sus quehaceres por la cabaña, sonreía de cuando en cuando, pensando que el chico sabría salir adelante cuando se quedara solo.
Los días en que remitía la fiebre algunas horas, el compadre Menu se levantaba todo descompuesto, con el pañuelo atado a la cabeza, y se ponía a la puerta a esperar a Jeli mientras calentaba el sol. Cuando Jeli dejaba caer junto a la puerta el haz de leña y ponía sobre la mesa la botella y los huevos, le decía:
— Pon a hervir el "eucalitus" para esta noche.
O también:
— Ten en cuenta para cuando yo te falte que el oro de tu madre lo tiene a recaudo la tía Agueda.
Y Jeli decía que sí con la cabeza.
— Es inútil — repetía el señor Agripino cada vez que volvía a ver al compadre Menu con la fiebre —. Tiene ya la sangre apestada.
El compadre Menu escuchaba sin parpadear, con la cara más blanca que el pañuelo que llevaba a la cabeza.