Ya no se levantaba. Jeli se echaba a llorar cuando no tenía fuerzas para ayudarle a volverse de un lado; poco a poco, el compadre Menu acabó por no hablar tampoco. Las últimas palabras que le dijo a su chico fueron éstas:
— Cuando me muera, ve al amo de las vacas, a Ragoleti, y que te dé las tus onzas y los doce túmulos de trigo que me debe de mayo acá.
— No — respondió Jeli — son dos onzas y quince tan sólo, porque ha dejado usted las vacas hace más de un mes y hay que hacer la cuenta justa con el amo.
— ¡Es verdad! — afirmó el compadre Menu, entornando los ojos.
— Ahora sí que estoy en el mundo lo mismo que un potro perdido, que se lo pueden comer los lobos — pensó Jeli cuando se llevaron a su padre al cementerio de Licodia.
María fué también a casa del muerto, con esa inquieta curiosidad que despiertan las cosas espantosas.
— ¡Mira cómo me he quedado! — le dijo Jeli.
La niña se echó atrás asustada, por miedo a que quisiera hacerle entrar en la casa donde había estado el muerto.
Jeli fué a recoger el dinero de su padre y se marchó con el ganado a Passanitello, donde ya estaba alta la hierba en el terreno en barbecho y el pasto era abundante; así que los potros estuvieron allí pastando mucho tiempo, Jeli, en tanto, se había hecho muy mayor, y también Mara debía haber crecido, pensaba él muchas veces según tocaba la flauta; luego, cuando volvió a Tebidi, después de tanto tiempo, llevando delante de él, poco a poco, las yeguas por los resbaladizos senderos de la Fuente del tío Cosme, iba buscando con los ojos el puentecillo del valle, la casa del valle del Tacitano, y el tejado de las casas grandes, sobre el que revoloteaban siempre las palomas. Pero por entonces el amo ya había despedido al señor Agripino, y toda la familia de Mara estaba desalojando. Jeli se encontró a la muchacha muy crecida y guapetona, a la puerta del corral, viendo cómo cargaban su ropa en la carreta. Ahora la habitación vacía parecía más obscura y ahumada que de costumbre. La mesa, la cama, la cómoda, las estampas de la Virgen y San Juan, incluso los clavos para colgar las calabazas de las semillas, habían dejado señal en las paredes donde estuvieron tantos años.
— Nos vamos — le dijo Mara al ver que miraba —. Nos vamos a Marineo, donde está ese caserío tan grande, en el llano.