Jeli se dió a ayudar al señor Agripino y a la "señá" Lía a cargar la carreta, y cuando ya no hubo nada que sacar de la habitación, fué a sentarse con Mara en el parapeto del abrevadero.

— Tampoco las casas — le dijo luego que la vió cargar la última cesta en la carreta —, tampoco las casas, cuando se saca lo que tienen dentro, parecen las mismas.

— En Marineo — respondió Mara — tendremos un cuarto más bonito, dice mi madre, y tan grande como el almacén del queso.

— Cuando te marchas no quiero volver más por aquí: que me parecerá que ha vuelto el invierno al ver esa puerta cerrada.

— En Marineo encontraremos otra gente, a Pudda, "la Roja", y a la hija del campero; nos divertiremos; por la siega irán más de ochenta segadores con su cornamusa, bailaremos en la era.

El señor Agripino y su mujer habían echado a andar con la carreta; Mara corría tras ellos muy contenta, llevando la cesta con los pichones. Jeli quiso acompañarla hasta el puentecillo, y cuando ya estaba para desaparecer en el valle, la llamó:

— ¡Mara, Mara!

— ¿Qué quieres? — dijo Mara.

No sabía lo que quería.

— Y tú, ¿qué vas a hacer ahora aquí sólo? — le preguntó entonces la muchacha.