— Yo me quedo con los potros.

Mara se fué dando brincos, y él se quedó allí quieto en tanto pudo oír el ruido de la carreta, bambaleándose sobre las piedras. El sol tocaba las altas rocas del Cerro de la Cruz; las grises cabelleras de los olivos se esfumaban en el crepúsculo, y en la lejanía del campo no se oía más que la esguila de la "Blanca" en el silencio inmenso.

Mara, apenas se vió en Marineo entre gente nueva y en las faenas de la vendimia, se olvidó en él; pero Jeli pensaba siempre en ella, porque no tenía otra cosa que hacer en los largos días que se pasaba contemplando la cola de sus caballos. Ahora ya no tenía motivo para bajar al valle, del otro lado del puentecillo, y nadie le veía en la hacienda. Así, ignoró mucho tiempo que Mara tenía novio, porque bajo el puentecillo había pasado mucha agua. No volvió a ver a la muchacha hasta el día de la fiesta de San Juan, según fué a la feria a vender unos potros; una fiesta que se le trocó en veneno y le quitó el pan de la boca por un accidente que le ocurrió a uno de los potros del amo; Dios nos libre.

El día de la feria, el mayoral esperaba los potros desde el amanecer, andando de un lado a otro, con sus polainas relucientes, por detrás de las grupas de los caballos y las mulas, puestos en fila a un lado y a otro de la carretera. La feria estaba ya para acabar, y Jeli no asomaba aún con el ganado por el recodo que hacía la carretera. En las empinadas cuestas del Calvario y del Molino de viento quedaba aún tal cual rebaño de ovejas apretadas en corro, con el hocico en tierra y los ojos cerrados, y tal cual pareja de bueyes de pelo largo, de esos que se venden para pagar la renta de las tierras, esperando inmóviles bajo el sol ardoroso. Abajo, en el valle, la campana de San Juan tocaba a misa mayor, acompañada del largo estampido de los morteretes.

El campo de la feria parecía exaltar en un griterío que se prolongaba entre los tenderetes de los vendedores alineados en la Cuesta de los Gallos, descendía por las calles del pueblo y parecía regresar del valle donde estaba la iglesia.

— ¡Viva San Juan!

— ¡Santo diablo! — gritaba el mayoral —. Ese maldito Jeli me va a hacer perder la feria.

Las ovejas levantaban el hocico atónito y se daban a balar todos a una, y los bueyes andaban lentamente, mirando en derredor con sus grandes ojos.

El mayoral estaba tan enfadado porque aquel día había que pagar el arrendamiento de los Cercados grandes, "cuando San Juan llegase bajo el olmo" decía el contrato, y para completar la cantidad se había contado con la venta de los potros. Entre tanto, potros, caballos y mulas había cuantas el Señor hizo, todos limpios y relucientes, adornados de trenzas, lazos y cascabeles, que sacudían para espantar el fastidio, volviendo la cabeza a todo el que pasaba, como si esperasen un alma caritativa que quisiera compararlos.

— ¡Se habrá tumbado a dormir el muy ladrón! — seguía gritando el mayoral —, y me deja colgados los potros...