— ¡Se la voy a hacer en sus mismos ojos a esa perra! — murmuraba.

Frente por frente al compadre Alfio vivía el señor Colás, el viñador, rico como un cerdo según decían, el cual tenía una hija. Turiddu tanto dijo y tanto hizo, que intimó con el señor Colás, y comenzó a andar por la casa y a decirle palabritas dulces a la muchacha.

— ¿Por qué no le dices todas esas cosas tan bonitas a la Lola? — contestaba Santa.

— ¡La Lola es una señorona! ¡La Lola se ha casado con un rey!

— Yo no merezco reyes...

— Tú vales por cien Lolas, y conozco yo a uno que no miraría a la Lola ni al santo de su nombre cuando estás tú, porque la Lola no sirve ni para descalzarte. ¡Qué va a servir!

— La zorra que no podía alcanzar las uvas...

— Dijo: ¡qué guapa estás, rica mía!

— ¡Quietas las manos, compadre Turiddu!

— ¿Tienes miedo de que te coma?