— ¿Oyes cómo me llaman?

El no dijo más. Se quedó mudo como un muerto, encorvado, como estaba esquilando las ovejas. Mara se encogió de hombros y se fué a bailar. Estaba colorada y alegre, con sus ojos negros que parecían dos estrellas, viéndosele al reír los dientes blancos, reluciéndole sobre mejillas y pecho el oro de sus cabellos, lo mismo que la Virgen "talmente". Jeli se irguió de pronto, empuñando las largas tijeras, tan pálido como su padre el vaquero cuando temblaba con la fiebre junto al fuego en la cabaña. Vió que don Alfonso, con su barba rizada, su chaqueta de velludo y su cadenilla de oro sobre el chaleco, tomaba a Mara de la mano y la invitaba a bailar; le vió que alargaba el brazo, como para estrecharla contra su pecho, y que ella le dejaba hacer; entonces, perdonadle, Señor, ya no vió más y le degolló de un solo tajo, lo mismo que a un cabrito.

Después, según le llevaban ante el juez, atado, rendido, sin que hubiese osado oponer la menor resistencia:

— ¡Que! — decía —, ¿tampoco tenía que matarlo?... ¡Si me había quitado mi Mara!

"MALPELO"

(Rosso Malpelo.)

"Malpelo" se llamaba así porque tenía el pelo rojo, y tenía el pelo rojo porque era un chicuelo granujilla y malo que prometía ser un perfecto bribón. De suerte que todos en la mina de arena roja le llamaban "Malpelo"; e incluso su madre, con oírle llamar siempre de aquella manera, casi había olvidado su nombre de pila.

Por lo demás, sólo se le veía el sábado por la noche cuando volvía a casa con los pocos cuartos de la semana; y, dado su mal pelo, era de temer asimismo que sustrajera algunos; en la duda, por no errar, la hermana mayor le tomaba la cuenta a pescozones.

Pero el amo de la mina confirmó que los cuartos no eran más; y, en conciencia, eran demasiados para "Malpelo", un chicuelo a quien nadie quería delante de su vista, que todo el mundo huía como un perro roñoso, acariciándole con un puntapié cuando se les ponía a tiro.