Mara, por el contrario, íbase calentando, y empezó a regañarle con tan malos modos que él ya no levantaba la nariz del plato.

Al cabo, para que la gracia de Dios que estaban comiendo no se les volviese veneno, Mara cambió de conversación y le preguntó si había pensado en azadonar aquel poco de lino que habían sembrado en el habar.

— Sí — respondió Jeli —, y se dará bien el lino.

— Si es así — dijo Mara —, este invierno te haré dos camisas nuevas para que no tengas frío.

Jeli, en suma, no comprendía lo que quería decir cornudo ni qué eran celos; todo lo nuevo entrábale difícilmente en la cabeza, y esto era tan gordo que le costaba un trabajo de todos los demonios que le entrara, máxime cuando veía ante sí a su Mara, tan guapa, tan blanca, tan compuesta, la misma a quien había él querido y en quien había pensado tanto tiempo, tantos años, desde chico, que el día que le dijeron que se iba a casar con otro no tuvo fuerzas para comer ni beber. Y aun pensando en don Alfonso, no podía creer en una bribonada semejante, que le parecía estar viéndole aún con aquellos ojos francos y aquella boca risueña con que iba a llevarle dulces y pan blanco a Tebidi hacía tantos años — ¡una acción tan negra! —, y que aun no habiéndole vuelto a ver, porque él era un pobre pastor y se pasaba todo el año en el campo, se le había quedado metido en el corazón. Pero la primera vez que por desgracia volvió a ver a don Alfonso ya hecho un hombre, Jeli sintió como un vuelco en el corazón. ¡Cómo había crecido y qué buen mozo era! ¡Con aquella cadena de oro sobre el chaleco, aquella chaqueta de velludo y aquella barba repeinada que parecía de oro también! Nada orgulloso además, que le dió una palmada en el hombro y le llamó por su nombre. Había ido con el amo de la hacienda, juntamente con una partida de amigos, a hacer una excursión en el tiempo del esquileo de las ovejas; y había llegado Mara de improviso, con el pretexto de que estaba encinta y tenía antojo de requesón fresco.

Era un día hermoso y cálido en los campos rubios con los setos en flor y las largas hileras verdes de las viñas. Las ovejas brincaban y balaban del contento al sentirse despojadas de toda aquella lana, y en la cocina, las mujeres hacían un buen fuego para cocer las muchas cosas que el amo había llevado para el almuerzo. Los señores, en tanto, esperaban a la sombra de los algarrobos, mandaban tocar tamboriles y cornamusas y bailaban quienes tenían ganas con las mujeres de la hacienda. Jeli, según esquilaba las ovejas, sentía como si dentro de sí, sin saber por qué, le royera una espina, un clavo agudo, una fina tijera que le trabajaba poco a poco peor que un veneno.

El amo había mandado que se sacrificasen dos cabritos, el castrado de un año, unos pollos y un pavo. En suma: quería hacer la cosa en grande, sin ahorros, para hacerles los honores a sus amigos; y mientras todos aquellos animales se retorcían en el dolor, y balaban los cabritos al filo del cuchillo, Jeli sentía que le temblaban las piernas, y de vez en cuando le parecía como si la lana que iba esquilando y la hierba en que brincaban las ovejas se encendieran en sangre.

— ¡No vayas! — le dijo a Mara cuando don Alfonso la llamó para que fuese a bailar con los demás —. ¡No vayas, Mara!

— ¿Por qué?

— ¡No quiero que vayas! ¡No vayas!