— Como don Alfonso se entiende con tu mujer, te crees que eres su cuñado, que te has puesto más orgulloso que un rey de corona con los cuernos que llevas.
El mayoral y el campero creyeron que iba a correr la sangre; pero Jeli se calló, como si no fuese con él, con una cara de tonto que los cuernos le sentaban bien de verdad.
Acercábase la Pascua, y el mayoral enviaba a todos los hombres de la hacienda a confesarse con la esperanza de que con el temor de Dios ya no robasen más. Jeli fué también, y al salir de la iglesia buscó al muchacho con quien había tenido aquellas palabras, y le echó los brazos al cuello, diciéndole:
— El confesor me ha dicho que te perdone; pero yo no estoy enfadado contigo por aquellas habladurías, y si no vuelves a morder el queso, a mí no me importa nada de lo que me dijiste rabioso.
Desde aquel momento, le llamaron de mote "Cuernos de oro", y el remoquete quedósele, y a todos los suyos, aun después de haberse lavado los cuernos con sangre.
La Mara había ido a confesarse a su vez, y volvía de la iglesia muy envuelta en su mantilla, con los ojos bajos, como una Magdalena. Jeli, que la esperaba taciturno en el arriate, según la vió venir de quella manera, que bien se veía que traía el Señor consigo, la miraba muy pálido, de pies a cabeza, como si la viese por primera vez o le hubiesen cambiado a su Mara, y ni a levantar los ojos hasta ella se atrevía, mientras desdoblaba el mantel y ponía las escudillas sobre la mesa, tan tranquila y compuesta como de costumbre. Luego de pensarlo un poco, le preguntó muy fríamente:
— ¿Es verdad que te entiendes con don Alfonso?
Mara fijó en él sus límpidos y hermosos ojos, y se hizo el signo de la cruz.
— ¿Por qué quieres hacerme pecar en este día? exclamó.
— ¡No, no quiero creerlo todavía!... Porque don Alfonso y yo estábamos siempre juntos cuando chicos, y no pasaba día sin que fuese a Tebidi... lo mismo que dos hermanos... Además, él es rico, que tiene los dineros a paletadas, y si quisiera mujer, se casaría, que no le faltaría pan que comer.