— No, es menester que vaya por la leña.
— Yo iré.
— ¡Que no te digo!
Cuando Mara volvió con la leña en los brazos, Jeli le dijo:
— ¿Por qué has abierto la puerta del corral? ¿Es que no había leña en la cocina?
— No, he ido por ella al cobertizo.
Ella se dejó besar fríamente, y volvió la cabeza a otro lado.
— ¡Su mujer le deja en remojo a la puerta — decían los vecinos — cuando está en casa el tordo!
Pero Jeli no sabía que era cornudo, ni los demás se lo decían, porque nada le importaba, que ya se había casado con daño, después que el hijo del señor Neri la había plantado al saber la historia de don Alfonso. Jeli, por el contrario, vivía feliz y contento con tal vituperio, y hasta engordaba como un cerdo, "que dientes y cuernos duelen al apuntar, mas luego sirven para comer".
Al cabo, el zagal del ganado se lo dijo en su cara, cierta vez que se pusieron a malas, a cuenta de unos quesos mordidos.