El señor Agripino consintió, en efecto, y la "señá" Lía hizo a toda prisa un jubón nuevo y un par de calzones de velludo para el yerno. Mara estaba fresca como una rosa; con aquella mantilla blanca parecía el cordero pascual, y aquel collar de ámbar le hacía más blanco el cuello; de suerte que Jeli, cuando iba a su lado por las calles, andaba muy tieso, vestido de paño y de velludo nuevo, y no se atrevía a sonarse con el pañuelo de seda rojo para no hacerse notar; pero los vecinos y cuantos sabían la historia de don Alfonso se le reían en las narices. Cuando Mara dió el sí quiero y el cura se la entregó por mujer con una gran bendición, Jeli se la llevó a su casa, y le pareció como si le hubiesen dado todo el oro de la Virgen y todas las tierras que con sus ojos había visto.

— Ahora que somos marido y mujer — le dijo una vez llegados a casa, sentado frente a ella y haciéndose muy pequeño —, ahora que somos marido y mujer, puedo decirte que no me parece verdad que me quieras..., cuando habrías tenido tantos otros mejores que yo..., tan guapa como eres...

El pobre no sabía decirle otra cosa, y no cabía en el traje nuevo del contento de tener a Mara en su casa, arreglando y tocándolo todo, en su papel de ama. No encontraba momento para abrir la puerta y volverse a la Salonia; cuando llegó el lunes, tardaba de modo insólito en cargar las alforjas sobre la albarda del burro, el tabardo y el paraguas de hule.

— ¡Debías venir a la Salonia tú también! — le dijo a su mujer, que habíasele quedado mirando desde el umbral —. Debías venir conmigo.

Pero ella, echándose a reír le respondió que no había nacido para pastora y que no tenía nada que hacer en la Salonia.

En efecto: Mara no había nacido para pastora, no estaba acostumbrada a la tramontana de enero, cuando las manos se hielan sobre el cayado y parece como si se le fueran a caer a uno las uñas; a los furiosos aguaceros en que le entra a uno el agua hasta los huesos; al polvo sofocante de los caminos, cuando las ovejas caminan bajo el sol ardiente; a la yacija dura, al pan mohoso, a los largos días silenciosos y solitarios, en que por el campo abrasado no se ve a lo lejos, sino rara vez, algún campesino negro del sol, que lleva por delante su borriquillo, por la carretera blanca y interminable. Al menos, Jeli sabía que Mara estaba tan a gusto entre sábanas, hilando ante el fuego, en corro con las vecinas, tomando el sol en el arriate, mientras él volvía del campo cansado y sediento o empapado en agua, cuando el viento empujaba la nieve hasta dentro de la casa y apagaba el fuego de zumaques. Todos los meses iba Mara a cobrar el salario a casa del amo, y no le faltaban huevos en el gallinero, aceite en la lámpara ni vino en la botella. Dos veces al mes iba Jeli a verla, y ella le esperaba en el balcón, huso en mano; luego, cuando había atado el burro en la cuadra, quitándole la albarda y echando la cebada en el pesebre, y colocada la leña bajo el cobertizo del corral o lo que traía a la cocina, Mara le ayudaba a colgar el tabardo de un clavo, a quitarse las perneras mojadas ante el hogar, y le servía el vino, mientras el potaje hervía alegremente y ella preparaba la mesa poco a poco, previsora, como buena ama de casa, al mismo tiempo que le hablaba de esto y de lo de más allá, de la clueca, que había puesto a empollar; de la tela que tenía en el telar, del ternero que estaban criando, sin olvidar ninguno de los quehaceres de la casa; de suerte que Jeli se sentía tan a gusto como un Papa.

Pero la noche de Santa Bárbara volvió a una hora insólita, cuando todas las luces estaban apagadas en la calleja y el reloj de la ciudad daba la media noche. Una noche de lobos; y el lobo precisamente habíasele entrado en casa, mientras él estaba al agua y al viento, por mor del salario y de la yegua del amo, que estaba mala y era menester que la viera luego el herrador. Golpeó y sacudió la puerta, llamando a Mara con grandes voces, mientras le caía encima el agua del alero y le chorreaba por los tobillos. Al cabo, fué su mujer a abrirle y empezó a regañarle, como si hubiese sido ella la que hubiera correteado por los campos con aquel temporal, con una cara, que le preguntó:

— ¿Qué pasa? ¿Qué tienes?

— ¡Tengo, que me has asustado! ¿Te parece hora de cristianos ésta? ¡Mañana estaré mala!...

— Ve a acostarte, yo encenderé el fuego.