— Si tú me quieres, yo por mí me caso contigo de buena gana.
— ¿De veras?
— Sí, de verdad.
— Mi padre dice que tú ya sabes tu oficio y que no eres de los que te gastas el salario, sino que de un cuarto haces dos, y no comes para no consumir tu pan; de suerte que llegarás a tener ovejas también tú, y te harás rico.
— Si es así — concluyó Jeli —, también yo me caso contigo de buena gana.
— Bueno... — le dijo Mara una vez que se hubo hecho la obscuridad y fuéronse callando las ovejas poco a poco —, si quieres un beso, te lo doy, puesto que vamos a ser marido y mujer.
Jeli lo recibió muy a gusto, y no sabiendo qué decir, añadió:
— Yo siempre te he querido; hasta cuando quisiste dejarme por el hijo del señor Neri...
Pero no tuvo valor para decirle lo demás.
— ¿Lo ves? ¡Estábamos destinados el uno para el otro! — concluyó Mara.