— Sí que me acuerdo.
— Mi padre fué quien te acomodó aquí con el señor Neri.
— ¿Y tú, por qué no te has casado con el hijo del señor Neri?
— Porque no era la voluntad de Dios. Mi padre ha tenido mala suerte — continuó a poco —. Desde que nos marchamos de Marineo, todo nos ha salido mal. Las habas, la siembra, el pedazo de viña que teníamos. Además, mi hermano se ha ido soldado y se nos ha muerto una mula que valía cuarenta onzas.
— Ya lo sé — contestó Jeli —, la mula baya.
— Ahora que lo hemos perdido todo, ¿quién quieres que se case conmigo?
Mara desmenuzaba un vástago de endrina según hablaba, con la barbilla hundida en el seno y los ojos bajos, rozando sin darse cuenta con el codo el de Jeli. Pero Jeli, con los ojos en el suelo, a su vez no contestaba nada; de suerte que ella continuó:
— En Tebidi decían que seríamos marido y mujer, ¿te acuerdas?
— Sí — dijo Jeli, y dejó el cucharón en el borde de la mantequera —. Pero yo soy un pobre pastor y no puedo pretender a la hija de un propietario como eres tú.
Mara se quedó un tanto callada, y luego dijo: