— Me parece estar en Tebidi — decía Mara —, como cuando éramos chicos y estábamos en el puentecillo del sendero.
Jeli se acordaba también de todo, aunque nada dijese, porque había sido siempre un muchacho juicioso y de pocas palabras.
Acababa la recolección, la víspera de la marcha, Mara fué a despedirse del muchacho, a punto que estaba haciendo el requesón y recogía el suero con el cazo.
— Vengo a decirte adiós — díjole ella —, porque mañana nos volvemos a Vizzini.
— ¿Qué tal la cosecha de habas?
— Malamente... la hierba tora se las ha comido todas este año.
— Eso depende de que ha llovido poco — dijo Jeli —. Figúrate, hemos tenido que matar las corderas porque no tenían pasto... En toda la Salonia no han nacido tres dedos de hierba.
— Pero a ti eso poco te importa, que buen año o malo, tu salario lo tienes siempre.
— Sí, es verdad; pero me da lástima entregar los pobres animales al cortador.
— ¿Te acuerdas cuando viniste por la fiesta de San Juan, que te habías quedado sin amo?