El señor Agripino le encontró colocación como ovejero en la Salonia, donde era mayoral el señor Neri; pero como Jeli estaba poco práctico en el oficio, tuvo que contentarse con un salario asaz escaso.

Ahora atendía a sus ovejas y a aprender cómo se hace el queso, el requesón, la cuajada y todo fruto pastoril; pero en las charlas que se traían por la noche en el corral entre los demás pastores y labriegos, mientras las mujeres pelaban las judías del potaje, si se hablaba del hijo del señor Neri, que se casaba con Mara la del señor Agripino, Jeli no decía nada, y ni aun a abrir la boca se atrevía. Cierta vez que el campero le aludió diciéndole que Mara ya no quería nada con él, después de haber dicho todo el mundo que serían marido y mujer, Jeli, que cuidaba de la olla en que hervía la leche, respondió escurriendo el cuajo poco a poco:

— Es que Mara ha crecido y se ha puesto tan guapa, que parece una señora.

Pero como era paciente y trabajador, presto aprendió el oficio, como si en él hubiera nacido, y como estaba hecho a andar con el ganado, quería a sus ovejas, y así el "mal" no hacía tantos estragos en la Salonia, y el rebaño prosperaba que era un gusto para el señor Neri siempre que iba a la hacienda; tanto que, por año nuevo, se sirvió inducir al patrón a que aumentase el salario a Jeli, de suerte que vino a ganar casi lo mismo que cuando eran guardián de caballos. Eran dineros bien gastados, que Jeli no se preocupaba de contar las leguas buscando el mejor pasto para sus reses, y cuando las ovejas parían o estaban malas, las llevaba a pastar en las alforjas del borrico, y cargaba a cuestas con los corderos, que le balaban en la cara, con el hocico fuera del saco, lamiéndole las orejas. En la nevada famosa de la noche de Santa Lucía, cayeron cuatro palmos de nieve en el "lago muerto" de la Salonia y en todos los alrededores, durante leguas y leguas, que no se veía otra cosa por el campo cuando abrió el día. Aquella vez habría sido la ruina del señor Neri, como fué la de tantos otros, a no haberse levantado Jeli tres o cuatro veces durante la noche a espantar las ovejas en el redil para que los pobres animales se sacudieran la nieve de encima y no se quedaron sepultados como muchos de los rebaños vecinos, según contó el señor Agripino cuando fué a echar un vistazo a un campillo de habas que tenía en la Salonia. Por cierto que dijo también que de aquella historia de la boda del hijo del señor Neri con su hija Mara no era verdad nada; que Mara tenía otra cosa en el pensamiento.

— ¡Si decían que se casaba para Navidad! — dijo Jeli.

— ¡No es verdad nada de eso: no se casaba nadie; todo charlas de gentes envidiosas que se meten en los negocios ajenos! — respondió el señor Agripino.

Pero el campero, que sabía la verdad, porque lo había oído contar en la plaza cuando iba al pueblo, contó la cosa tal y como era, después que se marchó el señor Agripino; ya no se casaban porque el hijo del señor Neri había sabido que Mara, la del señor Agripino, se entendía con don Alfonso, el señorito, que conocía a Mara de pequeña, y el señor Neri había dicho que quería que su hijo fuese honrado, como su padre, y que no quería más cuernos en casa que los de sus bueyes.

Jeli estaba presente allí también, sentado en corro con los demás para almorzar, y en aquel momento cortando el pan en rebanadas. No dijo nada; pero se le quedó el apetito por todo el día siguiente.

Según conducía las ovejas, tornó a pensar en Mara cuando era niña, y estaban juntos todo el día, y iban al valle del Tacitano y al Cerro de la Cruz, y ella le miraba, con la barbilla respingada, según iba a coger nidos a la copa de los árboles, y pensaba también en don Alfonso, que iba a buscarle desde la quinta vecina y se tumbaban de bruces en la hierba a hurgar con una pajita los nidos de grillos. Recordaba todas estas cosas horas y horas, sentado en un ribazo, cogiéndose las rodillas con las manos; los altos nogales de Tebidi, los espesos matorrales de los valles, las vertientes de los montes, verdes de zumaques, y los olivos grises, que se esfumaban en la niebla del valle; los techos rojos del caserío y el campanario, "que parecía el asa de un salero" entre los naranjos del jardín. Aquí el campo extendíase ante sus ojos, pelado, desierto, manchado de la hierba abrasada, humeante, silencioso en el horizonte lejano.

En primavera, apenas las vainas de las habas empezaban a doblar la cabeza, Mara fué a la Salonia con su padre, su madre, el muchacho y el borrico, para recogerlas, y todos juntos durmieron en la hacienda los dos o tres días que duró la recolección. Así que Jeli veía a la muchacha de día y de noche, y muchas veces sentábase junto a las teleras del redil y hablaban un rato, mientras el muchacho contaba las ovejas.