— ¡Buenas noches! ¡Buenas noches! — decíanse las compañeras, a medida que se iban dejando unas con otras.

Mara daba las buenas noches como si cantara, tal contento tenía en la voz, y el hijo del señor Neri parecía entontecido sido enteramente, y como si no quisiera dejarla, mientras el señor Agripino y la "señá" Lía disputaban al abrir la puerta de la casa. Nadie se ocupaba de Jeli; sólo el señor Agripino se acordó de él, y le preguntó:

— Y ahora, ¿adónde vas a ir?

— No lo sé — dijo Jeli.

— Mañana ven a buscarme y te ayudaré en encontrar colocación. Por esta noche vuelve a la plaza donde hemos estado oyendo la banda; ya encontrarás sitio en algún banco; que lo que es a dormir al sereno debes estar hecho.

Sí que estaba hecho; pero lo que le daba más pena era que Mara no le dijese nada y le dejase a la puerta de aquella manera, como a un mendigo; tanto que se lo dijo al día siguiente, apenas pudo verla a solas un momento en su casa.

— ¡Ay, Mara, cómo te olvidas de los amigos!

— ¿Eres tú, Jeli? — dijo Mara —. No, no me olvidé de ti. ¡Pero estaba tan cansada después de los fuegos!

— ¿Es que quieres al menos al hijo del señor Neri? — le preguntó dándole vueltas al cayado entre los dedos.

— ¡Qué estás diciendo! — respondió bruscamente la Mara —. ¡Mi madre está ahí y lo oye todo!