Al llegar a la plaza, Jeli se quedó con la boca abierta de la maravilla; era toda un mar de fuego, como cuando se incendian los rastrojos, por los muchos cohetes que los devotos disparaban ante el santo, que se regodeaba con ellos desde la embocadura del Rosario, negro, negro, bajo el dosel de plata. Los devotos iban y venían por entre las llamas como diablos, y había incluso mujer desceñida, despeinada, con los ojos fuera de las órbitas, encendiendo cohetes a su vez, y un cura con la sotana al viento y destocado, que parecía un poseído de tanta devoción como tenía.
— Ese es el hijo del señor Neri, el mayoral de la Salonia, y lleva gastadas más de diez liras de cohetes — decía la "señá" Lía, señalando a un mozo que andaba dando vueltas por la plaza con dos cohetes a la vez en cada mano, como dos velas; que todas las mujeres se lo comían con los ojos, y le gritaban:
— ¡Viva San Juan!
— Su padre es rico y posee más de veinte cabezas de ganado — añadió el señor Agripino.
Mara sabía además que había llevado el estandarte grande en la procesión, y que lo sostenía derecho como un huso, tan fuerte y robusto era el mozo.
El hijo del señor Neri parecía como si oyese todo aquello y encendiese los cohetes por la Mara, haciendo la rueda delante de ella; tanto que, después de los fuegos, los acompañó y los llevó al baile y al cosmorama, donde se veía el antiguo y el nuevo mundo, pagando él, claro está, incluso por Jeli, que iba detrás de la comitiva como perro sin dueño, a ver bailar al hijo del señor Neri con la Mara, que daba vueltas y se acurrucaba como paloma enamorada, teniendo colgada con garbo una punta del delantal. El hijo del señor Neri saltaba como un potro; tanto que la "señá" Lía lloraba de gusto, y el señor Agripino decía con la cabeza que sí, que iba bien la cosa.
Cuando al cabo se cansaron, fueron de aquí para allá por "el paseo", arrastrados por la gente como por una riada, viendo los transparentes iluminados, donde cortábanle la cabeza a San Juan, que a los mismísimos turcos diera compasión, y el santo pataleaba como un corderillo bajo la segur. Allí cerca estaba la banda, que tocaba bajo un gran paraguas de madera todo iluminado, y en la plaza había tan apretada muchedumbre que nunca se vieron tantos cristianos en una feria.
Mara iba del brazo del hijo del señor Neri, como una señorita, y le hablaba al oído y se reían, que ya se veía que se divertían mucho. Jeli no podía más del cansancio, y se quedó dormido sentado en la acera, hasta que le despertaron los primeros petardos de los fuegos artificiales. Mara, siempre junto al hijo del señor Neri, apoyaba ambas manos cruzadas en su hombro, y a la luz de los fuegos parecía, ora blanca, ora roja. Cuando escaparon cielo arriba los últimos cohetes en haz, el hijo del señor Neri se volvió hacia ella, que estaba muy pálida, y le dió un beso.
Jeli no dijo nada; pero en aquel punto se le trocó en veneno toda la fiesta que hasta entonces había tenido, y tornó a pensar en sus desgracias, que se le habían olvidado, y en que se había quedado sin amo y no sabía qué hacer ni adónde ir, y que no tenía pan ni cobijo; en fin, que era mejor tirarse al barranco, como el "Estrellado", al que se comían los perros en aquel momento.
Entre tanto, la gente a su alrededor estaba alegre. Mara saltaba con las compañeras y cantaba por la callejuela pedregosa según volvían a su casa.