El mayoral se marchó con Alfio, con los demás potros, que, sin volver siquiera adonde quedaba el "Estrellado", iban arrancando la hierba del ribazo. El "Estrellado" se quedó solo en el barranco esperando que fuesen a despellejarlo, con los ojos espantados aún y las cuatro patas estiradas; feliz al cabo, que no pensaba más. Jeli, que había visto la sangre fría con que el mayoral apuntó y disparó mientras el pobre animal volvía la cabeza penosamente, cual si tuviera sentido, dejó de llorar y se quedó mirando al "Estrellado", sentado en una piedra, hasta que llegaron los hombres que iban por la piel.
Ahora ya podía irse de paseo, a divertirse o estarse en la plaza todo el día, viendo a los señorones en el casino, como mejor le pareciera, que ya no tenía pan ni techo, y era menester buscarse un amo, si es que alguno le quería después de la desgracia del "Estrellado".
Así son las cosas del mundo: mientras Jeli andaba buscando un amo, con el zurrón a cuestas y cayada en mano, la banda tocaba en la plaza alegremente, con sus sombreros de plumas, en medio de una muchedumbre de gorras blancas, espesas como moscas, y los señorones estaban tan divertidos sentados en el casino. Toda la gente andaba vestida de fiesta, como el ganado de la feria, y en un rincón de la plaza había una mujer con falda corta y medias color de carne, que parecía llevar las piernas desnudas, tocando el tambor ante una tela pintada, donde se veía una carnicería de cristianos corriendo la sangre a raudales; y entre la gente que estaba allí mirando con la boca abierta, vió al señor Colás, que conocía a Jeli de cuando estaba en Passanitello, y le dijo que el amo se lo encontraría él, porque el compadre Isidoro Macca buscaba un guardián para sus cerdos.
— ¡Pero no digas nada de lo del "Estrellado"! — le recomendó el señor Colás —. Una desgracia a cualquiera le pasa; pero es mejor no hablar de ello.
Fueron, pues, a buscar al compadre Macca, que estaba en el baile, y mientras el señor Colás entró con la embajada, Jeli esperó en la calle, en medio de la gente que estaba en la puerta. En la sala había una porción de gentes que saltaban y se divertían, todas sofocadas, haciendo un gran ruido de pisadas sobre el pavimento, que ni aun el "ron-ron" del contrabajo se oía, y apenas acababa una tocata, que costaba un grano, levantaban el dedo para indicar que querían otra, y el del contrabajo hacía una cruz con carbón en la pared para llevar la cuenta y empezaba otra vez.
— Esos gasten sin pensar — decía Jeli — y no están apurados como yo por falta de un amo, cuando tanto sudan y se afanan por gusto, como si estuvieron a jornal.
El señor Colás regresó diciendo que el compadre Macca no tenía necesidad de nadie. Entonces Jeli volvió las espaldas y se marchó cabizbajo.
Mara vivía hacia San Antonio, donde las casas trepan por el monte, frente al valle de la Canziria, todo verde de chumberas, y al fondo las ruedas de los molinos que espumaban en el torrente; pero Jeli no tuvo valor para ir hacia aquellos sitios ahora que ni aun para guardar puercos le querían; y vagando por entre la gente, que le empujaba de un lado a otro sin preocuparse de él, le parecía estar más solo que antaño con los potros en las landas de Passanitello, y sentía ganas de llorar. Por último, el señor Agripino se lo encontró en la plaza, según iba de aquí para allá con los brazos colgando, viendo la fiesta, y empezó a gritarle: "¡Jeli, Jeli!", y se lo llevó a su casa. Mara, muy compuesta, con unos pendientes que le daban en las mejillas, estaba a la puerta mano sobre mano, cargadas ambas de anillos, esperando que anocheciese para ir a ver los fuegos.
— ¡Oh! — dijo Mara — ¿También tú has venido para la fiesta de San Juan?
Jeli no se atrevía a entrar, es verdad, porque estaba mal vestido; pero el señor Agripino le empujó diciéndole que no se veían por primera vez y que ya se sabía que había ido a la feria con los potros del amo. La "señá" Lía le sirvió un buen vaso de vino, y después se lo llevaron a ver la luminaria con las comadres y los vecinos.