— ¿Qué se le habrá roto? — lloriqueaba Jeli, desesperado de no poder ver nada por la mucha obscuridad; y el potro, inerte como una piedra, dejaba caer la cabeza pesadamente. Alfio, que se había quedado en el camino al cuidado de la piara, tranquilizándose antes que el otro, sacó el pan del zurrón. El cielo se había puesto blancuzco, y los de alrededor parecían despuntar uno por uno, altos y negros. Desde la revuelta de la carretera se empezaba a divisar el pueblo, con su monte Calvario, y el del Molino de viento estampado en el amanecer, umbríos aún, sembrados de las blancas manchas de los rebaños; y, como los bueyes que pastaban en lo alto del monte, en el azul iban de un lado a otro, parecía como si el contorno del monte se animase y hormigueara de vida. La campana no se oía ya desde el fondo del barranco; los caminantes eran cada vez más raros, y los pocos que pasaban tenían prisa por llegar a la feria. El pobre Jeli no sabía a qué santo volverse en aquella soledad; el mismo Alfio, por sí solo, de nada podía servirle; por eso éste mordisqueaba tranquilamente su pedazo de pan.

Al cabo vióse venir a caballo al mayoral, que desde lejos gritaba y blasfemaba al ver los caballos parados en el camino; tanto, que Alfio, asustado, se dió a correr monte arriba. Jeli no se movió de junto al "Estrellado". El mayoral dejó la mula en el camino y bajó al barranco a su vez, intentando ayudar al potro a levantarse tirándole de la cola.

— ¡Déjelo estar! — decía Jeli todo pálido, como si hubiese sido él quien se hubiese roto las pierna —. ¡Déjalo estar! ¡No ve que el pobre animal no se puede mover!

El "Estrellado", en efecto, a cada movimiento y a cada esfuerzo que le obligaban a hacer, daba un ronquido que parecía un cristiano. El mayoral se desahogaba dándole puntapiés y pescozones a Jeli, clamando contra los ángeles y santos del cielo. Alfio, en tanto, ya más tranquilo, había vuelto al camino para no dejar a los caballos sin guarda, e intentaba disculparse diciendo:

— Yo no tengo la culpa. Yo iba delante con la "Blanca".

— Aquí ya no hay nada que hacer — dijo al cabo el mayoral, luego que se persuadió de que todo era tiempo perdido —. Aquí ya no se aprovecha más que el pellejo, que es bueno.

Jeli se echó a temblar como una hoja cuando vió al mayoral ir a sacar la escopeta de las alforjas de la mula.

— ¡Quítate de ahí, holgazán! — le gritó el mayoral —. ¡Qué no sé cómo no te tumbo junto a ese potro que valía bastante más que tú con todo el puerco bautismo que te echó el ladrón del cura!

El "Estrellado", no pudiéndose mover, volvía la cabeza con ojos espantosos, como si todo lo hubiese entendido, y el pelo se le rizaba en ondas a lo largo de las costillas; parecía como si por debajo le corriera un estremecimiento. Así, pues, el mayoral mató allí mismo al "Estrellado", para sacar al menos la piel, y el ruido sordo que hizo en la carne viva el tiro a boca de jarro le sintió Jeli dentro de sí.

— Ahora, si quieres seguir mi consejo — le dijo el mayoral —, ya puedes no presentarte al amo a que te pague lo que te debe, porque te lo pagará en moneda amarga.