Así íbales, pues, hablando a los potros para que se serenasen oyendo su voz en la obscuridad. Pero le dolía que el "Estrellado" y el "Morito" fueran a ser vendidos en la feria.
— Cuando estén vendidos se irán con el amo nuevo, y ya no se los verá en la piara, como ha pasado con Mara luego que se marchó a Marineo.
— Su padre está muy bien en Marineo; que cuando fuí a verlos me pusieron delante pan, vino, queso y toda la gracia de Dios, porque él es casi el mayoral, y tiene las llaves de todo, y si hubiese querido, yo me habría comido toda la hacienda. Mara no me conocía casi de tanto tiempo que hacía que no me había visto, y se puso a gritar: "¡Anda! ¡Mire quién está aquí! ¡Jeli, el guardián de los caballos, el de Tebidi!" Es como cuando uno vuelve de lejos, que sólo con ver el pico de un monte reconoce en seguida la tierra donde ha nacido. La "señá" Lía no quería que le llamase de tú a su hija, ahora que ya se ha hecho grande, porque la gente que no sabe nada murmura luego. Mara se reía, y "dián" que acababa de cocer el pan, según estaba de colorada. Y ponía la mesa y extendía el mantel, que no parecía la misma.
— Y qué... ¿te acuerdas de Tebidi? — le pregunté, apenas la "señá" Lía salió para sacar vino fresco del barril.
— Sí; sí que me acuerdo — me dijo ella —. En Tebidi había una campana y un campanario que parecía el asa de un salero, se tocaba desde el atrio, y había también dos gatos de piedra, que hacían la guardia de la puerta del jardín.
Yo sentía dentro de mí todas aquellas cosas según me las iba diciendo. Mara me miraba de pies a cabeza, con unos ojos así, y tornaba a decirme: "¡Cuánto has crecido!" Y se echó a reír y me dió un pescozón.
De esta manera perdió el pan Jeli, el guardián de los caballos, porque precisamente en aquel momento, sobreviniendo de improviso un coche, que no se había oído antes, según subía la cuesta paso a paso, se puso al trote al llegar al llano, con gran estrépito del látigo y cascabeles, como si lo llevase el diablo. Los potros, espantados, se desbandaron en un relámpago, que parecía aquello un terremoto, y fueron menester no pocos gritos, llamadas y "¡ohí, ohí!" de Jeli y del muchacho antes de que se recogieran en torno a la "Blanca", que trotaba también sin rumbo, con su cencerro al cuello. Apenas contó Jeli sus caballos, se percató de que faltaba el "Estrellado", y se llevó las manos a la cabeza, porque por allí el camino corría a lo largo del barranco, y en las barranco fué donde el "Estrellado" se rompió las patas, un potro que valía doce onzas como doce ángeles del paraíso. Llorando y gritando llamaba Jeli al potro, que no se le veía por parte alguna: "¡Ohí! ¡Ohí! ¡Ohí!" El "Estrellado" respondió, por fin, desde el fondo del barranco con un doloros relincho, como si hubiese tenido el don del habla el pobre animal...
— ¡Ay, madre mía! — gritaban Jeli y el muchacho —. ¡Ay qué desgracia, madre mía!
Los caminantes que iban a la fiesta y oían llorar de aquel modo en la obscuridad, les preguntaban qué se les había perdido, y luego, cuando sabían de lo que se trataban, seguían su camino.
El "Estrellado" permanecía inmóvil donde se había caído, con las patas en alto, y mientras Jeli íbale tocando por todas partes, llorando y hablándole, cual si hubiese podido entenderle, el pobre animal levantaba la cabeza trabajosamente y la volvía hacia él, con un aliento roto por el espasmo.