"Malpelo" no contestaba nada, no lloraba siquiera; cavaba con las uñas en la arena, dentro del agujero; la suerte, que nadie le había visto, y cuando se acercaron con la luz, tenía una cara tan descompuesta, unos ojos tan vidriados y echaba una espuma por la boca, que daba miedo; se le habían arrancado las uñas y le colgaban de las manos ensangrentadas. Cuando quisieron sacarle de allí, fué una cosa seria; porque, no pudiendo arañar ya, mordía como un perro, y tuvieron que agarrarlo de los pelos para sacarlo a viva fuerza.

Volvió, sin embargo, a la mina luego de algunos días, cuando su madre, lloriqueando, le llevó de la mano, porque, a veces, el pan que se come no se puede buscar donde se quiere. Luego, ya no quiso alejarse de aquella galería, y cavaba encarnizadamente, como si cada esportilla de arena se la quitara del pecho a su padre. Muchas veces, según cavaba, se detenía bruscamente, con la zapa en alto, torvo el rostro y extraviados los ojos, y parecía escuchar algo que el diablo le surrase al oído, a través de la montaña de arena caída. Aquellos días estaba más triste, y era peor que de costumbre, tanto que casi no comía, y tiraba el pan al perro, como si no fuese gracia de Dios. El pero le quería, porque los perros no miran sino la mano que le da el pan y los golpes. Pero el burro, pobre animal, derrengado y macilento, soportaba todo el desahogo de la maldad de "Malpelo"; le pegaba sin piedad, con el mango de la zapa, y murmuraba:

— ¡Así reventarás antes!

Después de la muerte de su padre parecía haberle entrado el diablo en el cuerpo, y trabajaba igual que esos búfalos feroces atados por un anillo de hierro a las narices. Sabiendo que era de mal pelo, procuraba ser lo peor posible; y si sucedía una desgracia, ya que un obrero perdiera las herramientas, que un burro se rompiera una pata o que se hundiera un trozo de galería, se sabía siempre que había sido él; y en efecto: él cargaba con los golpes sin protestar, igual que hacen los burros, que enarcan el lomo y siguen con su tema. Con los demás chicos era lo que se dice cruel, y parecía como si quisiera vengar en los débiles todo el mal que se imaginaba que los demás le habían hecho a él y a su padre. A la verdad, experimentaba un extraño deleite en recordar uno por uno los malos tratos que habían hecho pasar a su padre y el modo como le habían dejado reventar; y cuando estaba solo, murmuraba: "¡También conmigo hacen lo mismo! ¡A mi padre le llamaban "Bestia" porque no hacía lo que yo!" Y cierta vez que pasaba el amo, acompañándole con una mirada torva: "¡Ha sido él! ¡Por treinta y cinco tarjas!" Y otra, a espaldas del "Patojo": "¡También éste! ¡También éste se reía, que yo le oí aquella noche!"

Por un refinamiento de maldad, parecía haber tomado bajo su protección a un pobre chico que de poco tiempo atrás trabajaba en la mina, y que, por efecto de una caída desde un puente, se había dislocado el fémur y no podía hacer de peón. El pobrecillo, cuando llevaba su esportilla de arena a cuestas, renqueaba de un modo que le habían puesto de mote el "Rana"; pero trabajando bajo tierra, rana y todo, se ganaba su pan. "Malpelo", a cuanto decían, le daba también del suyo para darse el gusto de tiranizarlo.

En efecto: le atormentaba de mil maneras; le pegaba sin motivo, sin misericordia; y si el "Rana" no se defendía, le pegaba más fuerte, con mayor encarnizamiento, diciéndole:

— ¡Mira que eres bestia! ¡Si no tienes valor para defenderte de mí, que no te quiero mal, quiere decirse que te dejarías pisotear de todo el mundo!

Y si el "Rana" se limpiaba la sangre que echaba por la boca y narices:

— A ver si así, cuando te escueza el dolor de los porrazos, aprendes a darlos tú.

Cuando veía un burro cargado por la áspera subida del subterráneo, hincando los cascos, agobiado por el peso, anhelante, muerta la mirada, le pegaba sin misericordia con el mango de la zapa, y los golpes sonaban secos sobre las canillas y las costillas. A veces, el animal se doblaba a los golpes; pero exhausto de fuerzas, no podía dar un paso y se caía sobre las rodillas; había uno tantas veces caído, que tenía dos mataduras en los manos. "Malpelo" solía decirle al "Rana":