— Al burro se le pega porque él no puede pegar; que si pudiera, nos pisotearía y nos arrancaría la cara a mordiscos.

O también:

— Si tienes que dar moquetes, da todo lo fuerte que puedas; que así los demás tendrán miedo y esos menos caerán sobre ti.

Con el pico y el azadón trabajaba con tal encarnizamiento, que parecía que la tenía tomada con la arena, dando una y otra vez, apretando los dientes, con los mismos ¡ah, ah! de su padre.

— La arena es traidora — decíale al "Rana" en voz baja —; se parece a todos esos que, si eres más flojo, te pisan la cabeza, y si eres más fuerte o estás con muchos, como el "Patojo", se dejan vencer. Mi padre no daba a nadie más que a la arena; por eso le llamaron "Bestia", y la arena se lo comió a traición, porque era más fuerte que él.

Siempre que le tocaba al "Rana" un trabajo harto pesado, y el chico lloriqueaba como una mujerzuela, "Malpelo" le daba un empujón y le regañaba: "¡Calla, pulga!" Y si el "Rana" no cejaba, le echaba una mano, diciéndole con cierto orgullo: "¡Déjame; yo soy más fuerte que tú!" O le daba su media cebolla y él se contentaba con comer el pan seco, encogiéndose de hombros y añadiendo: "Yo estoy acostumbrado".

Estaba acostumbrado a todo: a los pescozones, a los puntapiés, a los golpes de mango de azada, de cincha de albarda, a verse injuriado y escarnecido por doquier, a dormir sobre las piedras, rompiéndose los brazos y los riñones en catorce horas seguidas de trabajo; incluso a ayunar estaba acostumbrado cuando el amo le castigaba quitándole el pan y el potaje. Decía que la ración de golpes nunca se la había quitado el amo, pero que los golpes no cuestan nada. No se quejaba, sin embargo, y se vengaba a hurtadillas, a traición, en uno de aquellos inventos verdaderamente endiablados; por eso caíanle encima todos las castigos aunque él no fuera el culpable. Como si no había sido, era muy capaz de serlo, no se justificaba nunca; por lo demás, habría sido inútil. Algunas veces, cuando el "Rana" todo asustado le conjuraba, llorando, a que dijese la verdad y se disculpase, repetía:

— ¿Y para qué? ¡Yo soy de mal pelo!

Y nadie pudo nunca decir si aquel agachar la cabeza y encorvar la espalda era efecto de fiero orgullo o de desesperada resignación, que no se sabía tampoco si era salvaje o tímido. Lo cierto era que ni aun su madre había probado nunca una caricia suya, y que, por lo tanto, no se las hacía ella tampoco.

Los sábados por la noche, apenas llegaba a su casa, con aquella cara sembrada de pecas y de arena roja y aquellos harapos que le colgaban por todas partes, su hermana agarraba el mango de la escoba al verle aparecer de aquella catadura, que haría echar a correr a su galán si veía con qué gente iba a emparentar; la madre siempre estaba en casa de ésta o aquella vecina, y él íbase, por lo tanto, a acurrucarse en su jergón como un perro enfermo. Por eso los domingos, cuando todos los demás chicos del pueblo se ponían la camisa limpia para ir a misa o para retozar en el corral, no había mejor fiesta para él que andar errante por los caminos de los huertos a cazar lagartijas u otros pobres bichos que nada le habían hecho, o a agujerear los setos de chumberas. Además, las burlas y pedradas de los otros chicos no le gustaban.