La viuda de maese Misciu estaba desesperada con aquel hijo desharrapado, y el chico iba como esos perros que, a fuerza de darles golpes y pedradas unos y otros, acaban metiendo el rabo entre las piernas y escapando apenas ven un ser viviente, hasta que se queden hambrientos, pelados y salvajes como lobos. Al menos, bajo tierra, en la mina de arena, feo, andrajoso y sucio como era, no se burlaban ya de él, y parecía hecho para el oficio, incluso por el color del pelo y aquellos ojos del gato, guiñados si veían el sol. Así están los burros que trabajan en las minas años y años sin salir nunca, y en los subterráneos donde el pozo de entrada está a pico, se los baja con cuerdas y allí se quedan mientras viven. Son burros viejos, es verdad, comprados por doce y trece liras, cuando los van a llevar al pellejero a que los cuelgue; pero para el trabajo que allí abajo han de hacer son todavía buenos; y "Malpelo", ciertamente, no valía más; si salía de la mina los sábados por la noche, era porque tenía manos para trepar por la cuerda y tenía que ir a llevarle a su madre el jornal de la semana.
Ciertamente que habría preferido ser peón como el "Rana", y trabajar cantando en los puentes, arriba, al azul del cielo, dándole el sol en las espaldas; o de carretero, como el compadre Gaspar, que iba a recoger la arena de la mina tambaleándose somnoliento sobre las varas del carro, con su pipa en la boca, y andaba todo el día por los caminos; y mejor aún habría querido ser labrador, para pasarse la vida en los campos verdes, bajo los espesos algarrobos y el mar azul allá a lo lejos, y sobre su cabeza, el canto de los pájaros. Pero era aquél el oficio de su padre, y en aquel oficio había nacido él. Y pensando en todas estas cosas, contábale al "Rana" lo del pilastrón que se le había caído encima a su padre, y dábale arena fina y quemada al carretero que iba a cargar con su pipa en la boca, tambaleándose sobre las varas, y le decía que cuando acabasen de cavar encontrarían el cadáver de su padre, que debía de tener unos calzones de fustán casi nuevos. El "Rana" tenía miedo, pero él no. Pensaba que había estado siempre allí, desde chico, viendo aquel agujero negro que se ahondaba bajo tierra, adonde su padre solía conducirlo de la mano. Entonces tendía los brazos a derecha y izquierda y describía cómo se extendía bajo sus pies, hasta el infinito, el intrincado laberinto de galerías por aquí y por allá, hasta donde se veía la jara negra y desolada, sucia de retamas carbonizadas, y cómo habíanse quedado allí tantos hombres aplastados o perdidos en la obscuridad, que ha tantos años andan y andan sin poder descubrir la espiral del pozo por donde han entrado y sin oír los gritos desesperados de sus hijos, que los buscan inútilmente.
Pero cierta vez que llenando uno de las esportillas se descubrió una bota de maese Misciu, tomóle tal temblor que tuvieron que sacarle al aire libre con las cuerdas, como a un burro que estuviese para estirar la pata. No se pudieron encontrar, sin embargo, ni los pantalones, casi nuevos, ni los restos de maese Misciu, si bien los prácticos afirmaron que aquel debía ser el lugar preciso donde se le cayó encima el pilastrón; un obrero, nuevo en el oficio, observó curioso cuán caprichosa era la arena que había desbaratado al "Bestia", tirando las botas por un lado y los pies por otro.
Desde que se encontró la bota, tomóle a "Malpelo" tal miedo a ver aparecer entre la arena roja el pie desnudo de su padre, que no quiso volver a dar ni un solo azadonazo, aunque le dieran a él con la zapa en la cabeza. Se fué a trabajar a otra parte de la galería y no quiso volver ya por aquel sitio. Dos o tres días después descubrieron, en efecto, el cadáver de maese Misciu, con los pantalones puestos y tumbado boca abajo, que parecía embalsamado. El tío Mommu observó que había debido padecer mucho para acabar, porque el pilastrón se le había caído encima y le había enterrado vivo; aun ahora se podía ver que maese "Bestia" había intentado salvarse cavando en la arena, porque tenía las manos laceradas y las uñas rotas.
— Lo mismo que su hijo "Malpelo" — repetía el "Patojo" —: él cavaba aquí, mientras su hijo cavaba arriba.
Pero nada le dijeron al muchacho, porque sabían cuán malo y vengativo era.
El carretero se llevó el cadáver de maese Misciu del mismo modo que cargaba la arena sobrante y los huesos muertos, que esta vez, además del hedor del cadáver, se trataba de un compañero, carne bautizada. La viuda achicó los pantalones y la camisa y se los arregló a "Malpelo", que se vió vestido casi de nuevo por primera vez. Sólo las botas fueran guardadas para cuando creciese, porque no se podía achicarlas y el novio de su hermana no quiso las botas del muerto.
"Malpelo" alisaba sobre sus piernas aquellos pantalones de fustán casi nuevos, y le parecían suaves dulces como las manos de su padre, que, aunque rudas y callosas, solían acariciarle los cabellos. Las botas las tenía colgadas de un clavo sobre el jergón, cual si fuesen las pantuflas del Papa; y los domingos las cogía, les daba lustre y se las probaba; luego las ponía en el suelo, una junto a otra, y se quedaba mirándolas, de codos sobre las rodillas y la barba en las manos, horas enteras, revolviendo quién sabe qué pensamientos en aquel caletre.
¡"Malpelo" tenía unas ideas muy extrañas! Como había heredado también el pico y la zapa, los utilizaba, aunque eran harto pesados para su edad, y cuando le preguntaban si quería venderlos, que se los pagarían como nuevos, contestaba que no. Su padre les había puesto el mango tan liso y reluciente con sus manos, él no habría podido hacerse otros más lisos y relucientes que aquéllos, ni aun trabajando doscientos años.
Por entonces se murió, a fuerza de años y de trabajo, el burro "romero", y el carretero fué a tirarlo lejos en la jara.