— Así se hace — murmuraba "Malpelo" —; lo que no sirve, se tira.
Iba a ver a carroña del "romero" en el fondo del barranco, y llevaba también a la fuerza al "Rana", que no quería ir; "Malpelo" le decía que en este mundo hay que acostumbrarse a ver frente a frente todo, lo feo y lo bonito, y miraba con ávida curiosidad de chiquillo los perros que corrían de todas las haciendas de los alrededores a disputarse las carnes del "romero". Los canes escapaban aullando cuando aparecían los chicos, y vagaban gañendo por los ribazos de enfrente; pero "Malpelo" no dejaba que el "Rana" los espantase a pedradas.
— ¿Ves aquella perra negra — le decía — que no tiene miedo de tus pedradas? No tiene miedo porque tiene más hambre que los otros. ¡Mira las costillas del "romero"! Ahora ya no sufre.
El burro "romero" estaba tan tranquilo, con las cuatro patas estiradas, y dejaba que los perros se divirtieran vaciándole las cuencas de los ojos y descarnándole sus huesos blancos; los dientes que le desgarraban las entrañas no le hacían estremecerse como cuando le acariciaban las ancas a badilazos para darle un poco de fuerza para subir el áspero sendero. "¡Así anda el mundo!" También el "romero" ha sufrido sus golpes de zapa y sus mataduras. También él, cuando se doblaba al peso o le faltaba el aliento para seguir andando, ponía unos ojos, mientras le pegaban, como si dijera: "¡No más! ¡No más!" Pero ahora le coman los ojos los perros, y él se ríe de los golpes y de las mataduras con esa boca descarnada y toda dientes. Pero si no hubiese nacido, mejor le habría sido.
La jara extendíase melancólica y desierta, hasta donde alcanzaba la vista, subiendo y bajando en picos y barrancos, negra y rugosa, sin un grillo que trinara ni un pájaro que cantase con ella. No se oía nada, ni los golpes de pico de los que trabajaban bajo tierra. Y "Malpelo" repetía siempre que por debajo la tierra estaba toda hueca de galerías por doquier, hacia el monte y hacia el valle; tanto que, una vez, un minero entró de joven y salió con el pelo blanco, y otro, a quien se le apagó la luz, se estuvo gritando socorro años y años.
"Sólo oyó sus propios gritos", decía, y a esta idea, aunque tenía el corazón más duro que la jara, temblaba.
"El amo me mandas lejos muchas veces, a donde los demás tienen miedo de ir. Pero yo soy "Malpelo", y si no vuelvo, nadie me buscará."
En las hermosas noches de verano, cuando relucían las estrellas sobre la jara también, y el campo estaba todo negro como la lava, "Malpelo", cansado de la larga jornada de trabajo, se tumbaba sobre el saco, cara al cielo, a gozar de aquella quietud y aquella alta luminaria; por eso odiaba las noches de luna, en que el mar hormiguea de chispas y el campo se dibuja aquí y allá vagamente — porque entonces la jara parece más árida y desolada.
"Para nosotros, que estamos hecho a vivir bajo tierra — pensaba "Malpelo" —, debía estar obscuro siempre por todas partes."
La lechuza graznaba sobre la jara, vagando de aquí para allá; él pensaba: