"También la lechuza siente a los muertos que están bajo tierra, y se desespera porque no los encuentra."
El "Rana" tenía miedo de las lechuzas y de los murciélagos; pero "Malpelo" le regañaba, porque el que está obligado a vivir solo no debe tener miedo de nada, y ni el burro romero tenía miedo de los perros que lo mondaban, ahora que sus carnes no sentían va el dolor de los mordiscos.
— Tú estabas hecho a trabajar en los tejados como los gatos — le decía —, y entonces era otra cosa. Pero ahora que te toca vivir bajo tierra como los ratones, no hay que tener miedo de topos ni murciélagos, que son ratones viejos con alas y están muy a gusto en compañía de los muertos.
El "Rana", por el contrario, experimentaba un gran placer en explicarle lo que hacían las estrellas allá arriba, y le contaba que allá arriba estaba el paraíso donde van los muertos que han sido buenos y no han dado disgustos a sus padres. "¿Quién te lo ha dicho?" — preguntaba "Malpelo" —, y el "Rana" respondía que se lo había dicho su madre.
Entonces, "Malpelo" se rascaba la cabeza, y sonriendo, le hacía un guiño de chiquillo malicioso que está al cabo de la calle.
— Tu madre te dice eso porque en vez de pantalones debieras llevar sayas.
Y después de haber reflexionado un tanto:
— Mi padre era bueno y no le hacía daño a nadie; tanto que le llamaban "Bestia". Por eso está enterrado y han encontrado las herramientas, las botas y estos pantalones que llevo puestos.
De allí a poco, el "Rana", que enflaquecía de tiempo atrás, enfermó de suerte que por la noche lo sacaban de la mina en el burro, tumbado entre las aguaderas, temblando de fiebre como un pollo mojado. Un obrero dijo que aquel muchacho no haría los huesos duros en el oficio, y que para trabajar en una mina sin dejar el pellejo había que nacer en ella. "Malpelo", entonces, sentíase orgulloso de haber nacido allí y de seguir tan fuerte y tan sano en aquel ambiente mefítico y con todos aquellos trabajos. Cargaba con el "Rana" a cuestas y le daba ánimos a su manera, regañándole y pegándole. Pero una vez, al pegarle en la espalda, al "Rana" le dió un vómito de sangre; entonces, "Malpelo", espantado, se afanó en buscarle en la nariz y dentro de la boca lo que le había hecho, jurando que no podía haberle hecho tanto daño tal como le había pegado; y para demostrárselo se daba de puñadas en el pecho y en los riñones con una piedra. Es más: un obrero allí presente le descargó un puntapié, que resonó como en un tambor, y "Malpelo" no se movió, y sólo, luego que el obrero se fué, añadió:
— ¿Lo ves? ¡No me ha hecho nada! ¡Y te juro que ha pegado más fuerte que yo!