Entre tanto, el "Rana" no se curaba y seguía escupiendo sangre y teniendo fiebre todos los días. Entonces "Malpelo" cogió unos cuartos del jornal de la semana para comprarle vino y potaje caliente, y le dió sus pantalones casi nuevos, que le abrigaban más. Pero el "Rana" tosía continuamente y algunas veces parecía ahogarse; luego, por la noche, no había manera de vencer el temblor de la fiebre, ni con sacos, ni tapándole con paja, ni poniéndole junto al fuego. "Malpelo" se estaba callado e inmóvil, inclinado sobre él, con las manos en las rodillas, mirándole fijamente con los ojos muy abiertos, como si quisiera retratarlo, y cuando le oía quejarse en voz baja y le veía aquella cara jadeante y aquellos ojos apagados, lo mismo que los del burro "romero" cuando respiraba anhelante bajo la carga al subir el sendero, murmuraba:
— ¡Mejor es que te mueras pronto! ¡Si tienes que sufrir de este modo, mejor es que te mueras!
El amo decía que "Malpelo" era capaz de aplastarle la cabeza al chico, y que había que vigilarlo.
Al cabo, un lunes, el "Rana" ya no fué a la mina, y el amo se frotó las manos, porque en el estado a que se veía reducido servía más de estorbo que de otra cosa. "Malpelo" se enteró de donde vivía y el sábado fué a verle. El pobre "Rana" estaba más con un pie en el otro mundo que en éste; su madre lloraba y se desesperaba, como si su hijo fuese de esos que ganen diez liras a la semana.
"Malpelo" no podía comprender tal y preguntóle al "Rana" por qué gritaba su madre de aquella manera, siendo así que hacía dos meses que no ganaba ni lo que comía. Pero el pobre "Rana" no le hacía caso; parecía contar las vigas del techo. Entonces "Malpelo" se dió a pensar que tal vez la madre del "Rana" chillase de aquella manera porque su hijo siempre había sido débil y enfermizo, y lo había tenido como a esos mamoncillos que no se destetan nunca. El, por el contrario, estaba fuerte y sano, tenía mal pelo, y su madre nunca había llorado por él, porque no había tenido nunca miedo a perderlo.
Poco después dijeron en la mina que el "Rana" se había muerto, y pensó que la corneja graznaba por él por las noches, y volvió a ver los huesos mondados del "romero" en el barranco donde solía ir con el "Rana". Ahora ya no quedaban del "romero" sino los huesos desparramados, y lo mismo sucedería con el "Rana". Su madre se secaría los ojos, que también la madre de "Malpelo" se los había secado luego de muerto maese Misciu, y ahora se había casado otra vez, e íbase a vivir a Cifali con su hija la casada, y habían cerrado la casa. De ahora en adelante, si le pagaban, a ellos nada les importaba, y a él tampoco, que cuando estuviese como el "romero" o como el "Rana", ya no sentíría nada.
Por entonces fué a trabajar a la mina uno a quien nunca se le había visto por allí y que se estaba escondido lo más que podía. Los otros obreros decían que se había escapado de la cárcel y que si le cogían volverían a encerrarle años y años. "Malpelo" supo entonces que la cárcel era un sitio donde metían a los ladrones y bribones como él y los tenían siempre encerrados allí dentro con guardias de vista.
Desde aquel momento experimentó una malsana curiosidad por aquel hombre que había probado la cárcel y se había escapado de ella. Luego de unas cuantas semanas, el fugitivo declaró redondamente que estaba cansado de aquella vida de topo, y que prefería estar en la galera toda la vida; que el presidio, en comparación de aquella, era un paraíso, y que a él se volvería por su pie.
— Entonces, ¿por qué todos los que trabajan en la mina no hacen que les metan en la cárcel? — preguntó "Malpelo".
— Porque no tenemos mal pelo como tú — respondió el "Patojo" —. ¡Pero descuida, que tú irás y allí dejarás los huesos!