— El alcalde dice que habrá fiesta — susurraba la gente.
— Pleitearé hasta la consumación de los siglos; me quedaré sin camisa como el santo Job; pero lo que es esas cinco liras de multa no las pago, aunque tenga que dejarlo dicho en el testamento.
— ¡Sangre perra! Pero ¿qué fiesta quieren hacer, si este año nos vamos a morir todos de hambre? — exclamaba Nino.
Desde el mes de marzo no llovía una gota de agua, y los sembrados amarillos, que se encendían como la yesca, "se morían de sed". Bruno el carretero decía que apenas saliera San Pascual en procesión llovería seguramente. Pero ¿qué le importaba a él la lluvia, si era carretero, ni a todos los tundidores de su partido?... En efecto: sacaron a San Pascual en procesión a levante y a poniente, y le asomaron al cerro para que bendijese el campo, en uno de esos días ardorosos de mayo, todo anubarrado; uno de esos días en que los labradores se tiran de los pelos a la vista de los campos achicharrados, y las espigas doblen la cabeza como si se muriesen.
— ¡Maldito San Pascual! — gritaba Nino, escupiendo y corriendo como un loco por los sembrados —. ¡Me has arrinado, San Pascual, ladrón! ¡No me has dejado más que la hoz para segarme el cuello!
El barrio alto estaba desalado: era uno de esos años largos en que el hambre empieza en junio y las mujeres se están a las puertas, despeinadas, sin hacer nada, con mirada estática. La Saridda, al oír que se vendía en la plaza la mula del compadre Nino, para pagar el arrendamiento de las tierras, que no le daban nada, sintió que de pronto se le apagaba la cólera, y mandó a toda prisa a su hermano Turi para ayudarle con los cuartos que tenían ahorrados.
Nino estaba en un rincón de la plaza, abstraídos los ojos, y las manos en los bolsillos, mientras le vendían la mula toda enjaezada y con cabezón nuevo.
— No quiero nada — respondió torvo —. ¡Gracias a Dios aun tengo brazos! Buen santo San Pascual, ¿eh?
Turi le volvió la espalda para no acabar mal, y se marchó. Pero la verdad era que los ánimos estaban exasperados, después de haber sacado en procesión a San Pascual a levante y a poniente, con tan buen resultado. Lo peor era que muchos del barrio de San Roque se habían dejado arrastrar a la procesión también, dándose golpes como burros y con corona de espinas en la cabeza, por mor de los sembrados. Y ahora se desahogaban en improperios, tanto que el delegado de monseñor había tenido que volverse a pie y sin banda por donde había ido.
El vicepretor, para vengarse del carretero, telegrafió que los ánimos estaban excitados y comprometido el orden público; así que un buen día corrió la noticia de que por la noche habían llegado los de la compañía de armas y que todo el mundo podía verlos en la posada.