— Ese cristiano iba a ser mi marido antes de que hubiera estos jaleos en el pueblo; pero ahora que se ha deshecho la boda, se planta junto al altar mayor para mirarme y reírse con sus amigos durante la misa.
Y cuando el reverendo intentaba tocarle en el corazón al compadre Nino:
— Si es ella la que vuelve las espaldas cuando me ve, como si fuese yo un excomulgado — respondía el villano.
Por el contrario, al pasar la Saridda los domingos por la plaza, fingía estar y de charla con el brigadier o con cualquier otro pez gordo, y ni siquiera se fijaba en ella. Saridda estaba ocupadísima en reparar farolillos de papel, y los colocaba en fila delante de sus narices, a todo lo largo de la barandilla, con el pretexto de ponerlos a secar.
Cierta vez que se encontraron juntos en un bautizo, ni siquiera se saludaron, como si nunca se hubieran visto, y lo que es más, Saridda se puso a coquetear con el padrino de la niña.
— ¡Vaya un padrino de guasa! — decía Nino —. ¡Cuando nace una mujer, hasta las vigas del techo se quiebran!
Y Saridda, fingiendo hablar con la parturienta:
— No hay mal que por bien no venga. A veces, cuando te crees que has perdido un tesoro, tienes que darle las gracias a Dios y a San Pascual. Que antes de conocer a una persona hay que comer mucha sal.
— Di que sí, que las desgracias hay que tomarlas como vienen; lo peor es repudrirse la sangre por cosas que no valen la pena. A Papa muerto, Papa puesto.
En la plaza sonaba el tambor de la "meta".