— ¡Bravo! Como si no se supiese que quien te sopla a ti todo eso es cuñado Bruno — replicó el vicepretor.
— ¡Y tú te opones por el pique de la prohibición de la colada, que no puedes echar abajo!
— ¡Señores míos, señores míos — recomendaba el delegado —, así no hacemos nada!
— ¡Haremos la revolución! — gritaba Bruno, con las manos en alto.
Por fortuna, el párroco había puesto en salvo a toda prisa jícaras y vasos, y el sacristán había corrido a todo correr a licenciar a la banda, que, sabiendo la llegada del delegado, acudía a darle la bienvenida, soplando en cornetines y trombones.
— Así no se hace nada — decía el delegado, y le molestaba asimismo que, por lo que a él competía, las cosas estuvieran ya arregladas, mientras perdía el tiempo con el compadre Bruno y el vicepretor, que se comían el uno al otro —. ¿Qué es eso de la prohibición de la colada?
— Las injusticias de siempre. Ahora no se puede desdoblar un pañuelo en la ventana sin que al punto le echen a usted la multa encima. La mujer del vicepresidente, fiándose de que su marido tenía cargo oficial y de que hasta ahora había habido siempre un poco de consideración para las autoridades, solía poner a secar en el terradillo toda la colada de la semana..., ya se sabe... el poco de gracia de Dios... Pero ahora, con la nueva ley, eso es pecado mortal, y se prohiben incluso los perros, las gallinas y los demás animales, que, con perdón, hacían hasta ahora la limpieza de las calles. A las primeras lluvias, si Dios quiere, tendremos basura hasta los bigotes.
El delegado del obispo, para conciliar los ánimos, estaba clavado en el confesonario, como una lechuza, de la mañana a la noche, y todas las mujeres querían confesarse con él, que tenía absolución plenaria para toda clase de pecados, como si fuese monseñor en persona.
— ¡Padre — le decía Saridda, con la nariz pegada al confesonario —, el compadre Nino me hace pecar todos los domingos en la iglesia!
— ¿De qué manera, hija mía?