— ¡Puesto que ha de haber música, hay que llevar la batuta!

El delegado del obispo corría gran peligro de salir con los huesos rotos en su entrada triunfal. Pero el reverendo, más avisado, dejó que le esperase la banda fuera del pueblo, y a pie, por los atajos, llegó poquito a poco a casa del párroco y reunió a los cabecillas de los dos partidos.

Cuando aquellos caballeros se encontraron frente a frente, con tanto tiempo como llevaban de pelea, empezaron a mirarse con intención de arrancarse los ojos el uno al otro, y fué menester toda la autoridad del reverendo, que se había puesto en aquella solemnidad el ferreruelo de paño nuevo, para que los helados y refrescos se sirvieran sin tropiezos.

— ¡Así me gusta! — aprobaba el alcalde con la nariz dentro del vaso —. Cuando me buscáis para que haya paz, me encontráis siempre.

El delegado dijo, en efecto, que él había ido para la conciliación con el ramo de olivo en la boca, como la paloma de Noé, y pronunciando el fervorín, distribuía sonrisas y apretones de manos, diciéndoles a todos:

— Los señores me harán el honor de pasar a la sacristía a tomar chocolate el día de la fiesta.

— Dejemos la fiesta — dijo el vicepretor —, que si no habrá nuevos disgustos.

— ¡Habrá disgustos si hay esa matonería de que uno no sea dueño de hacer lo que le venga en gana con su dinero! — exclamó Bruno el carretero.

— Yo me lavo los manos. Las órdenes del Gobierno son precisas. Si hacéis la fiesta, yo mando llamar a los carabineros, porque quiero que haya orden.

— Del orden respondo yo — sentenció el alcalde, dando con la sombrilla en el suelo y echando una mirada en derredor.