El compadre Nino, el novio, voceaba a modo de escarnio:
— ¡Viva mi pañal! ¡Viva san pañal!
— ¡Toma! — gritó Turi echando espuma por la boca, y los ojos hinchados y lívidos como una berenjena —. ¡Toma! ¡Por San Roque! ¡El del pañal, toma!
Así pues, diéronse de puñetazos, capaces de matar a un buey, hasta que los amigos consiguieron separarlos a fuerza de empujones y patadas. Saridda, enardecida a su vez, gritaba: "¡Viva San Pascual!", y a poco si la emprenden los novios a bofetones, como si hubieran sido ya marido y mujer. Que en tales ocasiones la emprenden padres con hijos, y se separan las mujeres de sus maridos si, por desgracia, una del barrio de San Pascual se ha casado con uno de San Roque.
— ¡No quiero volver a oír hablar de ese cristiano! — despotricaba Saridda, muy puesta en jarras, ante las vecinas que le preguntaban por qué se había deshecho la boda —. ¡Ni aunque me lo dieran vestido de oro y plata, ya lo oís!
— ¡Lo que es por mí, Saridda puede presumir! — decía por su parte el compadre Nino, mientras le lavaban en la taberna la cara llena de sangre —. En ese barrio de tundidores son todos una partida de pobretes y de holgazanes. Cuando se me ocurrió ir a buscar allí la novia debía estar borracho.
— Ya que sucede esto — había concluído el alcalde — y que no se puede sacar un santo sin que haya palos, que es una verdadera porquería, no quiero más fiestas ni más Cuarenta Horas; y al que saque ni tampoco un cabo de vela, le meto de cabeza en la cárcel.
El caso se había empeorado, además, porque el obispo de la diócesis había concedido el privilegio de llevar la muceta a los canónigos de San Pascual, y los de San Roque, que tenían los curas su muceta, se habían ido hasta Roma, inclusive, a armar la de todos los demonios a los pies del Santo Padre, documentos en mano, papel sellado y todos los requilorios; pero había sido inútil, porque sus adversarios del barrio bajo, que todo el mundo se acordaba aún de cuando no tenían zapatos, se habían enriquecido como cerdos con la nueva industria del curtido de pieles, y ya es sabido que en este mundo se compra o se vende la justicia como el alma de Judas.
En San Pascual esperaban al delegado de monseñor, que era un hombre de pro, con dos hebillas de plata de media libra cada una en los zapatos, y que iba a llevar muceta a los canónigos; por eso habían contratado también ellos la banda para salir al encuentro del delegado tres millas fuera del pueblo, y se decía que, por la noche, habría fuegos en la plaza, con letreros de "¡Viva San Pascual!" en letras luminosas.
Los habitantes del barrio alto estaban, pues, muy excitados, y algunos mondaban unas varas de peral y de cerezo gordas como tranca, y murmuraban: