Rondaba en torno al tétrico edificio, mirando las rejas, buscando dónde podría estar él, con los esbirros siguiéndole los pasos, insultada y echada de todas partes. Al cabo, supo que su amante no estaba allí ya, que se lo habían llevado a Ultramar, maniatado y con el hatillo a cuestas. ¿Qué hacer? Se quedó donde estaba, a buscarse el pan haciendo algún servicio a los soldados y a los carceleros, como si formase parte ella también de aquel gran edificio tétrico y silencioso. Por los carabineros, que habían cogido al "Abrojo" en la espesura de las chumberas, sentía una especie de ternura respetuosa, algo así como admiración bruta de la fuerza, y estaba siempre por el cuartel, barriendo las salas y limpiando polainas, tanto que "el estropajo del cuartel" la llamaban. Sólo cuando salían para alguna expedición arriesgada, y les veía cargar las amas, se ponía pálida y pensaba en el "Abrojo".
GUERRA DE SANTOS
De pronto, según iba San Roque tan tranquilamente por la calle, bajo su dosel, con los perros alrededor, un gran número de velas encendidas en torno, la banda, la procesión y el cortejo de devotos, sucedió un tiberio, una escapada general, una de todos los diablos: curas que corrían con las sotanas remangadas, trombas y clarinetes por el aire, mujeres que chillaban, la sangre por los arroyos y una lluvia de palos, que caían como peras maduras en las propias barbas de San Roque bendito. Acudieron el pretor, el alcalde, las carabineros; lleváronse los huesos rotos al hospital, los más levantiscos fueron a dormir a la cárcel, el santo volvió a la iglesia a la carrera, más que a paso de procesión, y la fiesta terminó como las comedias de fantoches.
Y todo por envidia de los del barrio de San Pascual, porque aquel año los devotos de San Roque se habían gastado un ojo de la cara para hacer las cosas en grande: fué la banda de la ciudad, se dispararon más de dos mil morteros, y había incluso un estandarte nuevo, todo recamado de oro, que pesaba más de un quintal, según decían, y que en medio de la muchedumbre parecía un ascua de oro mismamente. Todo lo cual atacábales los nervios de los devotos de San Pascual, hasta que a uno de ellos, al cabo, se le le acabó la paciencia y se dió a gritar, pálido de las bilis: "¡Viva San Pascual!". Entonces habían empezado los palos.
Ciertamente que ir a gritar: "¡Viva San Pascual!" en las mismísimas barbas de San Roque era lo que se dice una provocación; es como que le escupan a la puerta de uno, o como el que se divierte pellizcando a la mujer que uno lleva del brazo. En esos casos no valen cristos ni diablos, y se hace caso omiso del poco respeto que se tiene por los demás santos, que, en fin de cuentas, todos son lo mismo. Si es en la iglesia, salen danzando los bancos; si en la procesión, llueven pedazos de cirios como murciélagos, y si en la mesa, vuelan las escudillas.
— ¡Santo diablo! — gritaba el compadre Nino, pisoteado y maltrecho —. Quiero yo ver si hay alguien que todavía tenga valor para gritar: "¡Viva San Pascual!"
— ¡Yo! — respondió furibundo Turi el tundidor, que iba a ser su cuñado, pero que estaba fuera de sí por un puñetazo que le habían dado en la pelea, dejándole medio ciego.
— ¡Viva San Pascual hasta la muerte!
— ¡Por amor de Dios! ¡Por amor de Dios! — gritaba su hermana Saridda, poniéndose entre su hermano y su novio; que los tres habían estado tan de acuerdo hasta aquel momento.