Una noche en que había luna y se oía ladrar a los perros, lejos, en la llanura, el "Abrojo" se puso en pie de un brinco y le dijo:
— ¡Tú quédate aquí, o te mato, como hay Dios!
Ella se quedó pegada a la roca, en el fondo del barranco; él, por el contrario, salió corriendo entre las chumberas. Pero los otros, más avisados, le salían al encuentro precisamente por aquel lado.
— ¡Alto, alto!
Sonaron unos escopetazos. Pepa, que sólo por él temblaba, le vió llegar herido, arrastrándose apenas, andando a gatas para volver a cargar la carabina.
— ¡Se acabó! — dijo —. Ahora me cogen — y tenía la boca llena de espuma, y los ojos relucientes como de lobo.
Apenas cayó sobre las ramas secas como un haz de leña, los de la campañía de armas se le echaron encima todos a la vez.
Al día siguiente le pasearon por las calles del pueblo en un carro, herido y sangriento. La gente se agolpaba en derredor para verle, y también a su querida, maniatada como una ladrona, ¡ella que tenía tanto oro como Santa Margarita!
La pobre madre de Pepa tuvo que vender todo la ropa blanca del ajuar, los pendientes de oro y los anillos de los diez dedos, para pagar los abogados de su hija y llevársela de nuevo a casa enferma, deshonrada y con el hijo del "Abrojo" a cuestas. En el pueblo nadie volvió a verla. Estaba arrinconada en la cocina como una fiera, y sólo salió cuando su vieja se murió de pena y hubo que vender la casa.
Entonces, de noche, se marchó del pueblo, dejando su hijo en el hospicio, sin mirar atrás siquiera, y se fué a la ciudad, donde le habían dicho que estaba en el "Abrojo" en la cárcel.