Y la apuntó con la carabina. Como no se movía, el bandido, espantado, se fué a ella mostrándole los puños:
— Pero ¿estás loca... o eres... una espía?
— ¡No! — dijo ella —. ¡No!
— Bueno, si es así, ve a buscarme una botella de agua al torrente.
Pepa fué sin decir nada, y cuando el "Abrojo" oyó los tiros, se sonrió y dijo entre sí:
— Esos eran para mí.
Pero poco después vió volver a la muchacha, con la botella en la mano, herida y ensangrentada. Se abalanzó sobre ella, sediento, y luego que bebió hasta faltarle el resuello, le dijo al fin:
— ¿Quieres venir conmigo?
— Sí — dijo ella con la cabeza, ávidamente —; sí.
Y le siguió por montes y valles, hambrienta, medio desnuda, corriendo muchas veces a buscarle una botella de agua y un mendrugo de pan con riesgo de su vida. Se volvía con las manos vacías, en medio de los tiros, su querido, devorado por el hambre y la sed, le pegaba.