Al cabo, oyó que habían descubierto al "Abrojo" en las chumberas de Palagonia.
— ¡Dos horas ha estado haciendo fuego! — decían —. Hay un carabinero muerto y más de tres de la compañía de armas heridos. Pero le han disparado tal granizada de fusilaría, que esta vez han encontrado un lago de sangre donde ha estado.
Una noche, Pepa se santiguó ante la cabecera de la vieja y huyó por la ventana.
El "Abrojo" estaba en las chumberas de Palagonia — no habían podido atraparle en aquella madriguera de conejos — herido, ensangrentado, pálido por el hambre de dos días, abrasado por la fiebre y con la carabina cargada.
Cuando la vió llegar resuelta, por entre los espesos matorrales, a la fosca claridad del amanecer, pensó un momento si disparar o no.
— ¿Qué quieres? — le preguntó —. ¿Qué vienes a hacer aquí?
Ella no respondió, mirándole fijamente.
— ¡Vete! — dijo él —. ¡Vete, y que Cristo te ayude!
— Ahora ya no puedo volver a casa — contestó —; el camino está lleno de soldados.
— ¡Qué me importa! ¡Vete!