Hace ya algunos años, allá por el Limeto, andaban a caza de un bandido, cierto "Abrojo", si no yerro el nombre, maldito como la hierba que lo lleva, quien de punta a punta de la provincia habría dejado tras de sí el terror de su fama. Carabineros y soldados, incluso de caballería, seguíanle dos meses hacía, sin haber logrado echarle mano; iba solo, pero valía por diez, y la mala planta amenazaba multiplicarse. Por añadidura, se acercaba el tiempo de la siega, abandonada la cosecha en manos de Dios, que los propietarios no se arriesgaban a salir del pueblo por miedo al "Abrojo", de suerte que las quejas eran generales. El prefecto mandó llamar a todos aquellos señores de la comisaría, carabineros y gentes de la compañía de armas, y hete luego en movimiento patrullas y escuadrillas por todos los barrancos y detrás de cada tapia; iban batiéndole como a una fiera por toda la provincia, de día, de noche, a pie, a caballo, con el telégrafo. Pero el "Abrojo" se les escurría de entre las manos y contestaba a escopetazos si le pisaban demasiado los zancajos. En los campos, en los pueblos, por las haciendas, bajo los emparrados de las tabernas, en los lugares de reunión, no se hablaba sino de él, del "Abrojo", de aquella caza encarnizada y aquella desesperada fuga. Los caballos de los carabineros reventaban de cansancio; los de la compañía de armas se tiraban rendidos en el suelo, por las cuadras; las patrullas dormían de pie; sólo el "Abrojo" no se cansaba nunca, ni nunca dormía, luchando siempre, trepando por los precipicios, arrastrándose entre las mieses, corriendo agazapado en la espesura de las chumberas, gateando como un lobo por los lechos secos de los torrentes. En doscientas millas de la redonda corría la leyenda de sus gestas, de su valor, de su fuerza, de aquella desesperada lucha de él solo contra mil, cansado, hambriento, abrasado por la sed, en la inmensa y achicharrada llanura, bajo el sol de junio.

Pepa, una de las chicas más guapas de Licodia, iba a casarse por entonces con el compadre Finu, "Vela de sebo", que tenía sus buenas tierras y una mula baya en la cuadra, y era un mozo grandote y hermoso como el sol, que llevaba el estandarte de Santa Margarita como si fuese un pilastrón, sin doblarse al peso.

La madre de Pepa lloraba del contento por la mucha suerte que le había tocado a su hija, y se pasaba las horas colocando y revolviendo en el baúl el ajuar de la novia, de ropa blanca "bordada como el de una reina", pendientes que le llegaban a los hombros y anillos de oro para los diez dedos de la mano; tenía cuanto oro pudiera tener Santa Margarita, y por Santa Margarita justamente se iban a casar, que caía en junio, después de la siega del heno. "Vela de sebo", al volver todas las noches del campo, dejaba la mula a la puerta de la Pepa e iba a decirle que los sembrados eran un encanto, si el "Abrojo" no les pegaba fuego, y que las trojes no bastarían para todo el grano de la cosecha; que se le hacían mil años lo que tardaba en llevarse a su mujer a casa, a la grupa de la mula baya. Pero Pepa, un buen día, le dijo:

— Deja en paz a tu mula, porque yo no quiero casarme.

¡Figúrate el baturrillo! La vieja se tiraba de los pelos, y "Vela de sebo" se quedó con la boca abierta.

Por sí o por no, a Pepa se le había calentado la cabeza por el "Abrojo", sin conocerlo siquiera. ¡Aquél sí que era un hombre! "¿Tú qué sabes? ¿Dónde le has visto?" Nada. Pepa ni siquiera respondía, con la cabeza baja, la cara dura, sin piedad para su madre, que estaba como loca y con los cabellos grises al viento parecía una bruja.

— ¡Ay! ¡Qué demonio ha venido a hechizarme la hija!

Los comadres, que habían envidiado a Pepa el sembrado próspero, la mula baya y el buen mozo que llevaba el estandarte de Santa Margarita sin doblarse al peso, decían toda clase de historias sobre si el "Abrojo" iba a buscar a la muchacha por la noche a la cocina, y que lo habían visto escondido debajo de la cama. La pobre madre tenía encendida una lámpara a las ánimas del purgatorio, e incluso el cura había ido a la casa de la Pepa a tocarle el corazón con la estola para espantar a aquel diablo del "Abrojo" que se había apoderado de ella.

Pero ella seguía diciendo que ni aun de vista conocía al tal cristiano; pero que pensaba siempre en él, que lo veía en sueños por la noche, y a la mañana se levantaba con los labios ardientes, como él sedienta.

La vieja entonces la encerró en casa para que no volviese a oír hablar del "Abrojo", y tapó todas las rendijas con estampas de santos. Pepa escuchaba lo que decían en la calle, detrás de las estampas benditas, y se ponía pálida y colorada como si el diablo le soplase todo el infierno en la cara.