— ¡No, no! — respondía Nino con rostro desfigurado —. A ti te volverá a crecer el pelo; pero quien no te verá más seré yo luego de muerto.
— ¡Vaya un milagro que te ha hecho San Roque! — le decía Turi para consolarle.
Y ambos a dos, ya convalecientes, según tomaban el sol, apoyados en la pared, se echaban en cara uno a otro su San Roque y su San Pascual.
Cierta vez pasó Bruno, el carretero, que volvía de fuera, ya acabado el cólera, y dijo:
— Tenemos que hacer una gran fiesta para darle gracias a San Pascual, por habernos salvado a todos los que aquí estamos. De ahora en adelante no habrá ni tiberios ni peleas, ya que se ha muerto el vicepretor, dejando el pleito en el testamento.
— Sí, haremos la fiesta por los muertos — sugirió con mofa Nino.
— Y tú, ¿estás vivo por San Roque acaso?
— ¡Queréis acabar de una vez! — interrumpió Saridda —. ¡A ver si va a ser menester otro cólera para hacer las paces!