(Pentolaccia.)
Ahora le toca el turno a "Pucherete", un buen tipo también, que hace su papel entre tantos animales como hay en la feria, y todo el que pasa le dice algo. El mote se lo merecía en verdad, porque tenía su puchero lleno, gracias a Dios y a su mujer, y comía y bebía a costa del compadre don Liborio mejor que un rey.
Uno que nunca haya tenido el feo vicio de los celos y ha bajado siempre la cabeza en santa paz, San Isidoro nos libre si le da luego la ventolera de hacer una locura, bien empleado le está el ir a la cárcel.
Se había empeñado en casarse con la Vénera, sin tener sobre qué caerse muerto, sin más capital que sus brazos para ganarse el pan. Inútil fué que su madre, la pobre, le dijese:
— Deja en paz a la Vénera, que no es para ti, que lleva la mantilla levantada y enseña el pie cuando va por la calle.
Los viejos saben más que nosotros, y por nuestro bien debemos escucharlos.
Pero a él no se le apartaba del pensamiento aquel zapatito y aquellos ojos ladrones que se salían de la mantilla en busca de marido; así, pues, se casó con ella sin querer darse a razones, y su madre se marchó de casa, después de treinta años de vivir en ella, porque suegra y nuera son como perro y gato. La nuera tanto hizo y tanto dijo con su boquita melosa, que la pobre vieja gruñona tuvo que dejarle el campo libre e ir a morirse en un tugurio; entre marido y mujer había peleas y cuestiones cada vez que era menester pagar la mensualidad del tugurio aquél. Cuando al cabo la pobre vieja dejo de penar, y él corrió al oír que le habían dado el Viático, no pudo recibir su bendición ni escuchar las últimas palabras de la moribunda, que tenía ya los labios sellados por la muerte y el rostro desfigurado, yacente en el rincón de la casucha, ya anochecido, y solamente conservaba vida en los ojos, con los que parecía querer decirle tantas cosas.
Quien no respeta a sus padres, hace su desgracia y acaba malamente.
La pobre vieja se murió con el sentimiento de lo mala que le había salido la mujer de su hijo; Dios le había concedido la gracia de irse de este mundo llevándose al otro todo lo que tenía dentro contra la nuera, porque sabía cuánto le habría dolido a él. Apenas Vénera se quedó de ama de casa y empuñó las riendas, hizo tantas, que la gente no llamaba a su marido sino con aquel mote, y cuando llegaba a sus oídos y se aventuraba a quejarse a su mujer, "¿Tú lo crees?", decíale ella. Y nada más. El, tan contento como unas pascuas.
Así era él, pobrecillo, y con ello no hacía mal a nadie. Si lo hubiera visto con sus propios ojos, dijera que no era verdad, por gracia de Santa Lucía bendita. ¿De qué serviría repudrirse la sangre? Era la paz, la providencia en casa, la salud por añadidura, que el compadre don Liborio era médico también. ¿Qué más se podía desear, santo Dios?