Todo lo hacía en común con don Liborio: tenía un cercado a medias, tenía una treintena de ovejas, puntos arrendaban pastos, y don Liborio daba su palabra en garantía cuando iban al notario. "Pucherete" le llevaba las primeras habas y los primeros guisantes, le cortaba la leña para la cocina y le pisaba la uva en el lagar; a él, en cambio, no le faltaba nada: trigo en la panera, vino en el barril ni aceite en la orza; su mujer, blanca y colorada como una manzana, lucía zapatos nuevos y pañuelos de seda; don Liborio no cobraba sus visitas, e incluso le había apadrinado un chico. En suma: constituían una sola casa y le llamaba a don Liborio "señor compadre", y trabajaba a conciencia. En ese aspecto no se le podía decir nada a "Pucherete". Hacía lo posible por que prosperase la comandita con el señor compadre, que con ello obtenía su mejor fruto, y todos estaban contentos.

Ahora bien: acaeció que tan angélica paz se trocó en un tiberio de todos los demonios; de pronto, en un día tan sólo, en un momento, según los otros labradores que araban el barbecho charlando a la sombra a la hora de siesta, dieron por casualidad en hablar de él y de su mujer, sin darse cuenta de que "Pucherete" se había tumbado a dormir detrás del seto y nadie le había visto. Por eso suélese decir: "Cuando comas, cierra la puerta, y cuando hables, mira en tu derredor."

Esta vez parece como si el diablo le hubiera ido a hurgar a "Pucherete" según dormía, soplándole al oído los improperios que de él decían y clavándoselos en el alma con un clavo.

— ¡Pues y ese cabra de "Pucherete" — decían —, que se está comiendo a don Liborio!

— ¡Que come y bebe en el barro! ¡Y que engorda como un cerdo!

¿Qué sucedió? ¿Qué le pasó por las mientes a "Pucherete"? Se levantó de pronto, sin decir nada, y se echó a correr hacia el pueblo como mordido por la tarántula, ciego de sus ojos, que hasta la hierba y las piedras le parecían rojos de sangre. A la puerta de su casa se encontró a don Liborio, que salía tranquilamente, haciéndose aire con el sombrero de paja.

— ¡Oiga, "señor compadre" — le dijo —; si le veo otra vez en mi casa, como hay Dios que se arma la fiesta!

Don Liborio se le quedó mirando como si hablase en turco, y creyó que con aquel calor se le habían hecho los sesos agua, porque, en verdad, no se podía imaginar que a "Pucherete" se le ocurriera ser celoso luego de tanto de cerrar los ojos, y siendo, como era, de la mejor pasta de maridos que podía haber en el mundo.

— ¿Qué tienes hoy, compadre? — le dijo.

— ¡Tengo, que si le veo otra vez en mi casa, como hay Dios que se arma la fiesta!