Don Liborio se encogió de hombros y se marchó riendo. El entró en su casa todo descompuesto y repitióle a su mujer:

— Si veo aquí otra vez "al señor compadre", como hay Dios que se arma la fiesta.

Vénera se puso en jarras y comenzó a regañarle y a decirle improperios. El se obstinaba en decir siempre que sí con la cabeza, pegado a la pared, como un buey que tiene la mosca y no quiere darse a razones. Los chicos lloraban al ver aquella novedad. La mujer, al cabo, cogió la tranca y le echó de casa para quitársele de delante, diciendo que ella era muy dueña de hacer lo que le parecía bien.

"Pucherete" no podía trabajar en el barbecho: siempre pensaba en lo mismo, y tenía una cara de basilisco que no se le conocía. Un sábado, antes de anochecer, clavó la azada en el surco e se marchó sin saldar la cuenta de la semana. Su mujer, al verle llegar sin los cuartos, y por añadidura, dos horas antes de lo acostumbrado, tornó a insultarle, y quería mandarle a la plaza a comprar sardinas saladas, porque tenía una espina en la garganta. Pero él no quiso moverse de allí, con la niña entre las piernas, que la pobrecita no se atrevía a moverse, y lloriqueaba de miedo al ver la cara de su padre. Vénera, aquella noche, tenía el diablo en el cuerpo, y la gallina negra, acurrucada en la escalera, no cesaba de cacarear, como cuando va a suceder una desgracia.

Don Liborio solía ir después de su visita, antes de jugar en el café su partida de tresillo; aquella noche, Vénera decía que quería que le tomase el pulso, que todo el día había sentido calentura por el mal que tenía en la garganta. "Pucherete" estaba callado y no se movía de su sitio. Pero cuando se oyó por la tranquila callejuela el paso lento del doctor, que se llegaba poco a poco, cansado de la visita, resoplando por el calor y dándo el aire con el sombrero de paja, "Pucherete" cogió la tranca con que su mujer le echaba de casa cuando estaba de sobra y se apostó tras de la puerta. Por desgracia, Vénera no se dió cuenta de ello, según había ido en aquel momento a la cocina a echar una brazada de leña bajo el caldero hirviendo. Apenas don Liborio puso el pie en la habitación, su compadre levantó la tranca y le dió tal golpe en el cogote que le mató como a un buey, sin que fuera menester médico ni boticario.

Así fué como acabó "Pucherete" en presidio.

FIN