Este es nuestro sistema, este nuestro particular placer: si como yo confieso, no es del gusto de todos, á mí me produce agradables impresiones, esa es la verdad.

Los que viajan con un guia en la mano reciben solo de rechazo las ideas, juzgan con prevencion, hablan como el libro, y carecen del exquisito placer de recibir emociones directas.

Antes de que penetren en una ciudad, el Guia del Viajero que sin cesar hojean, les cuenta ya el número de edificios notables que es preciso visitar, la arquitectura especial de cada uno, el hotel á que se dirigen, las curiosidades dignas de ser vistas; en una palabra, reglamentan las visitas del viajero, le señalan el método que debe observar, le comunican apreciaciones y juicios previos, y le quitan la hermosa facultad de juzgar por sus propios ojos, de sentir por sus afecciones, de pensar segun su juicio, de apuntar notas que le dicten su gusto propio y su criterio particular, le anulan el viaje, le desencantan de antemano, le roban la ilusion de la novedad.

Comprendo sin dificultad que muchos viajeros, quizá la mayor parte, juzgan y ven por sí mismos, sin adoptar las opiniones del redactor del Guia: ya sé que no todos se atienen á lo que leen; pero á pesar de todo su buen deseo de juzgar por sí, de ser independientes en sus observaciones, siempre hace algun efecto la lectura de las descripciones, la pintura de las costumbres y el juicio general de las costumbres y usos del pais.

Con mi sistema de viajar, yo no siento mas emociones que las que directamente recibo de las personas que trato, de los monumentos que contemplo, de las costumbres que observo.

Juzgo todo sin el agente intermediario del Guia, segun lo que veo, segun lo que siento. De este modo disfruto mas, porqué sabido es que cuando se conoce de antemano y por descripciones una ciudad, el encanto del misterio y la completa ignorancia de lo que es, que permite á la imaginacion crear paisaje y cuadros variados, desaparece por completo y no puede tener lugar.

Aun en las grandes ciudades sigo el mismo órden: el azar y la casualidad son mis guias, sigo las calles que mejor me parecen, buscando las sorpresas agradables y pidiendo solo á la casualidad la ocasion de los monumentos.

Recuerdo perfectamente que en mi primer viaje á Lóndres, tuve la satisfaccion de encontrarme de improviso, y sin sospecharlo siquiera, frente á frente del suntuoso y admirable edificio del Parlamento.

La emocion mágica que experimenté contemplándole, de seguro que no la hubiera apreciado en su grande valor, si hubiese salido del hotel acompañado de un cicerone, que en el camino me hubiera descrito el edificio, ponderado la severidad de su gótica arquitectura y dádome una idea de su grandeza.

Hé aquí porque huyo siempre de las noticias y descripciones anticipadas, quiero recibirlas por mí mismo.