El afan con que yo deseaba llegar cuanto ántes á la capital de Francia, me hizo abandonar mas pronto á Burdeos. La grande distancia que separa á estas dos capitales la recorre el viajero en doce horas, merced al excelente camino de hierro que las une. Al dirijirme desde mi hotel al embarcadero tuve ocasion de ver un largo y bien construido puente próximo á la estacion, que mas tarde he vuelto á ver y que se distingue por su elegante y sólida construccion. Cerca de la ciudad existe un puente colgante que vale una visita.

Elegante y espacioso es el embarcadero del camino de hierro; tomé billete de primera clase en tren directo, cosa que aconsejo á todos tanto por la economía de tiempo como por la mayor seguridad que ofrece, y apénas sonaron las ocho de la mañana en el reloj de la estacion, rompió su majestuosa marcha el tren.

Aquí podria combatir bajo cierto aspecto el sistema de viajes por camino de hierro como prosáicos, en el sentido de que hacen inútil la hermosura y juventud de la naturaleza, que al rapidisimo vuelo con que uno marcha le es imposible admirar. Efectivamente; la poesía de los paisajes diferentes que presenta la naturaleza, así como el encanto de sus cuadros variados y frescos, pasan completamente desapercibidos á traves del rápido curso con que se precipitan los carruajes arrastrados por el fuego.

En cambio y compensacion casi suficiente, pueden á su vez objetar los que no se cuidan de las bellezas del campo, que vale mucho mas prescindir de la poesía que soportar las incomodidades casi insoportables en un largo viaje, de la vetusta y molesta diligencia.

Mi voto en esta cuestion pertenece sin vacilar un momento á las locomotoras. Me entusiasma y complace leer los prodigios que Dios ha escrito en ese libro majestuoso que se llama la naturaleza, pero no es ménos cierto que me asusta y desalienta ese cerrado cajon de madera que se llama diligencia y yo apellido tortura. Sí, no ofrece la menor duda: los caminos de hierro son los preferidos por todo el mundo; aparte de sus inmensas ventajas de inaudita y pasmosa celeridad, ademas de su cómoda disposicion, tienen tambien su poesía especial. Las columnas de humo blanquísimo que suben en forma de corona desde el momento en que rompe su marcha majestuosa el tren, el vuelo solemne é imponente de su carrera, que parece conducir por el aire á los carruajes, tiene tambien su poesía.

Elegantes coches de ocho asientos, anchos, cómodos, espaciosos, ofrecen al viajero la mas cumplida comodidad: una tupida alfombra recoje los piés, que pueden colocarse del modo y forma que mas acomode: de noche tiene dentro cada carruaje luz clarísima para que el viajero lea. Desfilan á su vista durante el dia con la prodigiosa celeridad de un sueño, las campiñas y los pueblos. Si estas magníficas ventajas pueden parangonarse con el penoso encarcelamiento del estrecho calabozo que con nombre de berlinas (algo propio sin duda) ofrecen las diligencias, dígalo alguno si se atreve.

La via férrea de Burdeos á Paris es rica en obras notables: hállanse abiertos en su carrera trece ó catorce túneles de consideracion, sólida y elegantemente construidos. Pasan de treinta los puentes ligeros que le hermosean; el terraplen y la nivelacion hábilmente verificados, prestan á la marcha de los carruajes movimiento suave é igual. De corta en corta distancia adornan é interrumpen el camino elegantes estaciones de forma graciosa y moderna, donde se sirven con el mismo lujo que en los mas afamados hoteles, comidas y almuerzos. Los numerosos dependientes que por toda la línea llenan el servicio, pregonan en alta voz á la llegada de los trenes, los nombres de las estaciones. El plazo que en los trenes directos se concede á los viajeros para comer, es sumamente corto. De Burdeos á Paris, que hay una distancia de cien leguas castellanas, solo nos detuvimos á comer en dos estaciones, permitiéndonos solamente quince minutos en una y treinta en otra: todo es necesario para cruzar, como se cruza, tan larga distancia en el brevísimo término de doce horas.

Sin que se sepa por qué, pues la via está perfectamente acabada, es frecuente en averías el camino de hierro de Burdeos á Paris.

La semana ántes de atravesarle yo hubo un tren descarrilado, si bien afortunadamente no ocurrieron desgracias. Esta escena, acaecida diferentes veces ya á pesar de haberse empezado á explotar hace poco tiempo, se repitió el dia en que yo le crucé. Eran ya las ocho de la noche, y despues de haber tenido un felicísimo viaje, nos hallábamos á poca distancia de Paris cuando de repente advertimos que el tren se habia detenido. Despues de aguardar un cuarto de hora sin preguntar la causa, porque suponíamos que instantáneamente comenzaria de nuevo su marcha, y viendo que continuábamos en el mismo sitio, nos decidimos á preguntar la razon. El tren que nos habia precedido hallábase detenido despues de tres horas porque la máquina se habia descarrilado. Los carruajes estaban en medio de la via y el paso del nuestro era imposible. Tres horas poco mas ó ménos sufrimos la inesperada detencion que el tren anterior nos originó: ninguna desgracia felizmente hubo de lamentarse. Una vez despejada la via, avanzó nuestra máquina y á la una y media de la noche entramos en la ciudad que se llama Paris.

De Burdeos hasta la capital de Francia halla el viajero una campiña soberbia, por todas partes cultivada, pueblos grandes, vegetacion lozana, y las importantes poblaciones de Libourne, Anguleme, Poitiers, Tours y Orléans.