Ya lo he apuntado mas de una vez y todavía tendré ocasion de repetirlo: he atravesado la Francia en toda su extension, desde la frontera de España hasta la de Suiza, cruzando una distancia de trescientas leguas. Por todas partes, sin exceptuar un palmo de tierra, todo está cultivado: los alambres telegráficos no se pierden jamas de vista: estas dos consideraciones hablan muy alto, son las que me llamaron sin tregua la atencion: las quisiera encontrar en toda España.
La verdadera civilizacion consiste en el trabajo, que engendra buenos ciudadanos, ennoblece las almas, acrecienta la pública riqueza y mata la holganza. Los gobiernos que han construido las vias férreas, y los pueblos que han abierto los senos de la tierra con el arado, merecen una alta estima.
Vamos á entrar en Paris.
#PARIS#.
Así como en los siglos de fe religiosa hacíanse peregrinaciones de todas partes para ir á visitar los Santos Lugares, la tumba de Santiago el Apóstol, ó las venerandas reliquias de Roma, actualmente se dirijen todos los curiosos de todas las naciones á Paris, la ciudad de las ciudades.
Y en verdad que merece la pena: el arte que nació en el Oriente, que tuvo mas tarde por patria á Grecia y que por último se guareció en Roma, habita hoy en Paris. En este poderoso bazar del lujo y de la pompa, tiene en nuestros dias su templo. El extranjero que llega por vez primera á Paris está seguro de fastidiarse los tres primeros dias con el tumulto de su incansable movimiento y la febril agitacion de aquella vida. Pero muy pronto la reaccion comienza, y la idea que primero se presenta es la de continuar en su recinto todo el tiempo posible.
Vuelvo á recordar al lector que no pretendo bosquejar sucintamente la historia de los lugares que visito: prescindo del Paris antiguo, y voy á limitarme á reseñar algunas de sus principales maravillas: no consulto ni abro ningun libro, de memoria escribo, y solo los recuerdos dictan mis descripciones. Esto no quiere decir que habrá inexactitudes; eso no: yo hago mencion solamente de lo que he visto por mí mismo: lo que quiero significar es que no mencionaré todo, porque ni ese es mi objeto ni corresponde á un libro de esta índole. Yo visité en la capital de Francia lo que quizá muchos no se acuerdan de ver; en esto como en todo, el gusto especial de cada uno forma regla aparte. Yo haré relacion de lo que he visto.
Al dia siguiente de mi llegada á la capital de Francia, fuíme al Cuartel Latino á visitar dos casas célebres: la que habitó últimamente Robespierre y aquella en que vivia Marat cuando la heróica Carlota Corday libró á la humanidad de tan furibundo demagogo.
Los recuerdos viven por todas partes en Paris: los barrios situados del otro lado del Sena encierran muchos monumentos y edificios notables. Allí está la celebrada Sorbona, de donde han salido hombres eminentes; la Escuela de Medicina, donde ha brillado últimamente el ilustre español Orfila; la Escuela de Artes, en la que se da muy buena enseñanza.
Allí está el Panteón, donde descansan los restos de Rousseau y otras muchas notabilidades; es un sólido y elegante edificio de piedra con dos órdenes de columnas corintias y esbelta arquitectura; allí está la iglesia de Nuestra Señora, que Victor Hugo ha inmortalizado y que hoy profanan con reparaciones bárbaras: es un templo colosal y majestuoso que hace pensar en la fe de nuestros mayores; gótico y riquísimo en decoracion, presenta un soberbio é imponente golpe de vista. A su lado se encuentra el Hotel-Dieu, vasto hospital, bien organizado, pero algo sombrío; le falta aire, ventilacion.