Hállase tambien del otro lado del rio el famoso Luxembourg, con sus recuerdos eternos, sus lucidos jardines y su pompa arquitectural: allí está tambien la magnífica iglesia de San Sulpicio, con una gran plaza delante, adornada con una elegantísima fuente que tiene las estatuas de Fenelon, Bossuet, Massillon y Bourdaloue. Todos los cuatro frentes de la plaza están cerrados con bellos edificios: allí está tambien el Instituto, morada de los sabios de la Francia: allí está tambien el palacio del nunca olvidado cardenal Mazarino: allí está el teatro del Odeon, donde trabajaba en 1854 el distinguido Laferriere, que en el teatro de la cruz de Madrid dió algunas funciones hace siete años. Por último del otro lado del Sena, aparte de muchos monumentos y edificios notables que yo prescindo de mencionar, aparte de sus elegantes plazas y calles, donde el comercio abre sus lujosas tiendas; en el cuartel Latino, digo, habita la gente mas alegre de Paris, los estudiantes.

El Sena, que divide las dos grandes ciudades que componen Paris, es un lindo rio; y digo lindo, porque se encuentra adornado con muchos y elegantes puentes, entre los que descuellan el Nuevo y el de las Artes, el del Instituto y el del Carrousel. Solo viendo el rio puede formarse una idea exacta de su belleza, de su animacion. Un número increible de ómnibus y carruajes que jamas concluye cruza eternamente por sus puentes; la gente que de dia y de noche les atraviesa es tambien innumerable. Figúrese el lector el Sena, con sus ondas tranquilas surcadas por vapores de corta fuerza, cubierto de trecho en trecho por elegantes puentes, con espaciosas casas de baños, iluminado profusamente por el gas, con un mundo de gente y carruajes que hacen vacilar los puentes, con árboles frondosos á derecha é izquierda, y por último, con la decoracion de dos ciudades que le cercan y le sitian presentando cada una en línea paralela de sus riberas á lo largo, un lienzo soberbio de palacios y monumentos que la vista no puede abarcar.

El Louvre y las Tullerías por un lado, con la plaza de la Concordia, la primera del mundo, los Campos Elíseos, dichosos y afortunados jardines que no tienen rival por el otro, el palacio de los Diputados, Notre-Dame, Santa Capilla, el Instituto, etc., etc. Figúrense, digo, si pueden con la imaginacion un cuadro semejante, y hallarán la verdad de lo que es el Sena observado desde el puente de las Artes á las doce de un dia sereno.

El Paris del lado de acá del rio, el Paris moderno, contrapuesto al del Cuartel Latino, es la residencia del mundo elegante. Se compone de inmensos é innumerables barrios, á cual mas ricos en palacios suntuosos y elegantes casas. Las calles rectas, anchas y ventiladas, presentan un aspecto siempre agradable; las tiendas elegantes que hacen de Paris un solo comercio con muchas puertas, la edificacion alta y de moderno gusto, el paso constante de una multitud que siempre varía, todo reunido forma un bello y animado cuadro.

La gran calle de Rivoli, que tiene una prodigiosa extension, y que dará la vuelta á la ciudad, es la mas majestuosa y soberbia via que puede hallarse despues del Boulevard. Este, que cruza el corazon de Paris, largo de una legua, es lo que no puede describirse, es lo que se necesita ver. Anchísimo, recto, sembrado de árboles á derecha é izquierda, con aceras tan capaces por sí solas como las calles de muchas ciudades, cubierto de un extremo á otro por una red de carruajes que de dia y de noche se precipitan los unos tras los otros, henchido del millon y medio de habitantes que cuenta Paris, pues todo el mundo cruza al ménos una vez al dia por él, vestido de un extremo al otro con el oriental lujo de sus millares de tiendas; este boulevard merece verse con preferencia á cualquiera capital, y digo capital, porque Paris es el boulevard, y el boulevard por si solo és una capital.

Con la iglesia de la Magdalena, que mas que templo cristiano semeja un edificio griego consagrado al culto de las artes, ábrese por un lado ese animado teatro que se llama boulevard[4]. Todo lo que puede contener una opulenta ciudad se encuentra reunido en esta hermosa calle de una legua de extension, anchísima y recta como he apuntado ya. Palacios, monumentos, estatuas, teatros, arcos de piedra colosales, lienzos de altísimas casas de bella forma, pasajes de asiática elegancia, hoteles y cafés en fabuloso número, todo lo que puede soñarse reside allí. Su movimiento no tiene imágen ni término: á todas horas está cubierto de gente y carruajes desde el principio hasta el fin. Al cruzarle durante el dia, se acuerda involuntariamente el que compara y estudia de esas descripciones que aun nos quedan de las ciudades de la antigüedad oriental, que aunque de otro género, mas elevado, se componian de magnificencias y grandezas. El boulevard es una calle cosmopolita: en él se oyen hablar todas las lenguas, y se ven todos los trajes.

Ya que he mentado la iglesia de la Magdalena, voy á señalar al extranjero el sitio desde el que puede experimentar una emocion de entusiasmo como la que yo sentí.

Colocado el observador en el vestíbulo de la entrada principal de la iglesia, mirando á la calle Real, se desplega delante de su atónita vista un verdadero panorama. A la izquierda el boulevard, que por sí solo forma un majestuoso cuadro: á la derecha una dilatada y espaciosa plaza, y en frente lo que el pincel apénas puede reproducir. Hé aquí el frente: la calle Real, recta, ancha, elegante, casas altísimas y bellas, palacios, carruajes, árboles: al concluir la calle, y todo en línea recta, las esplendentes fuentes de la plaza de la Concordia, el obelisco traido de Egipto, el puente del mismo nombre de la plaza, y cerrando el cuadro, el Palacio de los Diputados, por detras del cual asoma su alta cabeza la cúpula del cuartel de Inválidos.

Si puede reunirse mas riqueza de accidentes y detalles, es cuestion que solo puede resolverla favorablemente la plaza de la Concordia, á la cual voy á conducir inmediatamente al lector.

Desconfío de poder dibujar con tintas exactas tan portentoso sitio. Es cosa sabida que no tiene rival en el mundo. Héla aquí: colocándose en el centro, que mira al arco de la Estrella, se destacan á la derecha los opulentos palacios del Ministerio de la marina y del Guarda-Muebles: en medio de ellos, la calle Real, cerrada por la iglesia de la Magdalena: á la izquierda el palacio de los Diputados. Frente por frente del sitio en que estamos colocados, el gigantesco Arco del Triunfo, monumento admirable de arte en cuyos muros se hallan inscritos todos los nombres de las batallas de Napoleon; y haciendo una vuelta completa desde nuestro punto de vista, dando exacto frente al Arco, se alcanza el inmenso palacio de las Tullerías rodeado de jardines y de estatuas.