Como desde Bayona á Burdeos, tomé asiento de primera clase en el tren del correo, que sale á las ocho de la noche. De Paris á Basilea, que es la primera ciudad de Suiza, entrando por Estrasburgo, hay una distancia de ciento cuarenta leguas, que recorrí en el brevísimo tiempo de diez y seis horas, con la mayor comodidad, y sin el mas ligero accidente, pues el camino de hierro de que hablo es quizá el mejor de la Francia.

Es ciertamente prodigioso y admirable el vuelo de las vias férreas. El dia cinco de noviembre, á las ocho de la noche, estaba yo en Paris; el dia seis, es decir el siguiente, á las doce de la mañana, almorcé en Basilea, Suiza.

Esto no necesita comentarios; con nada se recompensa tal manera de viajar. Carruajes magníficos, elegantes y mullidos, de ocho asientos, donde cojen doce, lo que permite un gran desahogo, tubos de hierro, llenos de agua caliente, perfectamente forrados, se renuevan en cada estacion. Puestos á lo largo, sobre la alfombra de los carruajes, sirven para apoyar los piés, y conservar un grato calor durante la travesía. El servicio de toda la línea no deja nada que desear. La campiña desde Paris hasta la frontera suiza, con mucho esmero cultivada, palmo á palmo.

Cerca de los límites de Francia, se asienta la ciudad de Estrasburgo, patria del inmortal Guttemberg, que sin pensarlo emancipó la humanidad. Estrasburgo es una ciudad rica y populosa, con su celebrada catedral y su torre difícil; hay buenos hoteles. En este punto se descansa un cuarto de hora; los viajeros, y los equipajes que siguen á Suiza, se trasladan á otro tren.

De Paris á Basilea, la Champagne, admirable y rica, y Nancy, ciudad importante.

A las ocho de la mañana, doce horas justas despues de haber
salido de Paris, parti de Estrasburgo, entrando en Basilea á las
cuatro horas.

De Estrasburgo á Basilea, los Vosges, deliciosas montañas; la
Alsacia, castillos, ruinas góticas, monasterios, capillas:
Mulhouse, industria floreciente y paisajes alegres y variados.

Al entrar en Suiza, empieza á disfrutarse ya de la libertad de
aquel pais. Nadie me pidió el pasaporte, nadie me dijo una
palabra, ni registró mis cofres persona alguna.

La decoracion de la naturaleza cambia de repente al entrar en
Suiza.

Vamos á Basilea.