Atolondra y pasma la ruidosa animacion de Lóndres: el tumulto y agitacion de Paris es agradable, es animado, es de otro género: en la ciudad inglesa todo es carbon de piedra, fardos de telas; todas las casas de Inglaterra tienen el mismo color sombrío, los tejados están henchidos de chimeneas, todas están ennegrecidas, no hay una sola casa de fisonomía alegre, el humo de la fabricacion y la tristeza de la atmósfera, siempre viuda del sol, han pintado con sombra toda la construccion inglesa.

La casa mas modesta de Lóndres vista interiormente es linda y curiosa: todo está ordenado y limpio. Un pequeño jardinito, de dos varas de extension, se tiende como una alfombra delante de la puerta, que capítulo está cercada por una verja de hierro.

Las plazas de Lóndres son magníficos jardines que abundan con lujosa profusion por todas partes: la vista de tanto jardin, el gran número de parques que existe, y el rico y verde arbolado que llena todos los sitios, embellece extraordinariamente la poblacion, distrae la vista de la monotonía de las casas y purifica y mejora sin duda alguna el estado de la atmósfera, siempre cargada de carbon.

Los teatros de Lóndres no valen lo que debieran ni corresponden á la grandeza de la ciudad. En Covent-Garden oí á la Grisi, á Mario, Tamburini, Lablache, etc., y á decir verdad no me emocionaron, eran celebridades históricas, nada mas: el teatro, que tiene su paraíso como el Real de Madrid, es grande, pero pobre, esterior é interiormente.

El de Drury-Lane, donde tambien habia ópera, y de cuya compañía formaba parte el tenor español Puig, es oscuro, con incómodas localidades y un público excéntrico.

Los jardines públicos del otro lado del Támesis, y los de Cremorne-Gardens en el barrio de Chelsea, son muy buenos; profusion de alumbrado de gas, profusion de flores y verdura, música, circo, fuegos artificiales. Las calles mas hermosas de Lóndres son la del Regente, la de Oxford, y Portland-Place. Picadilly y Bond-Street son los sitios mas elegantes. ¡Espectáculo repugnante! todos los dias se ven en las calles hombres y mujeres ébrios.

Las iglesias de Lóndres, desde que existe el protestantismo, han perdido toda su belleza y magnificencia: nada en verdad mas triste y frio que penetrar en la soberbia iglesia de San Pablo, de igual forma que San Pedro de Roma; la desnudez absoluta del templo, en el cual no se ve un solo altar ni imágen alguna de santo, el vacío prosáico de aquellas inmensas naves que nada dicen, la ausencia completa de la solemnísima pompa que acompaña á la ceremonia católica, todas estas circunstancias reunidas hacen de San Pablo un esqueleto frio, que solo despierta dos emociones: la de la grandeza del sentimiento que le dió vida, la de la pequeñez del que le ha disecado, que le ha muerto.

Lo mismo sucede con la famosa abadía de Westminster, llena, como San Pablo, de objetos profanos, estatuas de marinos, bustos de hombres de estado, tumbas de reyes y literatos.

Como escribo mi libro guiado por los recuerdos, necesito el desórden con que la memoria me cuenta; ántes que se me olvide, quiero consignar que en la abadía de Westminster hay un rincon que se llama de los poetas, donde están los ilustres trovadores de Albion, faltando, que me chocó mucho, pues al momento lo noté, la tumba de Byron.

Un sentimiento de hipocresía ha negado al ilustre poeta el consuelo de dormir entre Shakespeare y sus dignos compañeros.