Ya que por incidencia he hablado de las venecianas, bueno será decir que son arrogantemente hermosas: las mujeres mas bellas que he encontrado en todos mis viajes. No es extraño pues que el Ticiano adorne sus inspirados lienzos con tan raras y sorprendentes bellezas que nos parecen ideales: los originales de sus seductoras mujeres los hallaria por todas partes, se paseaban á su lado, no hizo mas que copiar. Son verdaderamente admirables las venecianas: sabido es que nuestras arrogantes españolas son celebradas en toda Europa por su belleza; pues yo, todo lo que puedo decir, á pesar de mi inmenso amor patrio, es que no sobrepujan á las hijas de la un tiempo poderosa y temida república reina del Adriático.
Vamos ahora á los encantados palacios de Venecia.
El famoso Gran Canal, teatro de tanto recuerdo, por cuyas serenas ondas han cruzado tantos valientes capitanes, tantos inspirados artistas, tantas hermosas mujeres, tantos arrojados marinos, todo el senado y aristocracia veneciana en sus elegantísimas góndolas: ese celebrado canal, que ha escuchado tantas palabras de amor, tantas serenatas de trovadores, que ha presenciado tantas citas, que ha servido de palenque á la bulliciosa alegría de sus animadísimos carnavales, ese lindísimo canal, que víó cercar sus riberas por ámbos lados de estupendos palacios de mármol, que se víó surcado, sin quejarse, por tantos centenares de lujosísimas góndolas; ese histórico canal, que crecia en magnificencia y hermosura todos los dias á compas de las conquistas venecianas que le adornaban de mármoles y jaspes preciosos; ese canal, digo, contemporáneo de la grandeza de la república, es hoy testigo tambien de su postracion y abatimiento.
Parecióme al recorrerle de un extremo á otro, las diferentes veces que le crucé, que solo me paseaba por en medio de ruinas y escombros: su rica historia de conquistas y aventuras hablábame con el silencio y la soledad.
En vano dirijí mis afanosas miradas á los innumerables palacios que bordan el canal; cerrados están todos sus balcones y ventanas: las góndolas no están como en lo antiguo ancladas á las puertas de los palacios esperando á los venecianos que con sus elegantes vestimentas le cruzaban sin cesar: todo es silencio y tristeza, todo es soledad y ruinas … ¡tanto mejor! así es como debe estar la patria el dia que ha perdido su independencia … vestida de luto, llorosa, afligida.
Yo me alegro que los austríacos busquen inútilmente la histórica animacion de Venecia: el silencio los rodea, viven solos, enteramente aislados, ni un solo paisano se reune jamas con el tudesco, viven con el arma al brazo; el silencio de la ciudad que en su desgracia llora, les reprende su cobarde usurpacion.
¡Ah! ¿cuándo será libre? siempre me llevan los recuerdos, no lo puedo remediar, iba á hablar de los palacios y no sé cuanto he escrito en un minuto: vamos atras.
Entre todos los bellísimos palacios del Gran Canal, descuella y sobresale el de Pésaro: se compone de tres cuerpos, cada uno enriquecido con esbeltas columnas de los mas preciados mármoles, vestido con el brillante ropaje de las arquitecturas gótica y árabe: con un opulento lujo de preciosos ornamentos que léjos de hacerle degenerar en churigueresco aumentan la belleza de su severidad.
Tres grandes puertas en forma de arco le dan entrada por el lado del Canal Grande: hállase como todos rodeado de agua, novedad deliciosa para el viajero. Para llegar á sus puertas es preciso ir en una góndola: las primeras gradas de la escalera que le dan acceso, hállanse cubiertas por el agua: se atracan las graciosas embarcaciones á unas astas que á las puertas de los palacios se encuentran, y se penetra con toda comodidad en el vestíbulo.
Los patios, con elegantes columnas de mármol; la regia escalera principal, embellecida con magníficas estatuas; todo el interior en una palabra, aunque silencioso y triste, correspondiendo á la admirable fachada del canal.