A la derecha, y situado sobre una pintoresca colina, se presenta un convento de frailes; á la izquierda, la bellísima iglesia de la Superga, con elegantes columnas, dos torres y una airosa cúpula.

Antes de pasar adelante quiero apuntar la impresion que me produjo la vista de los frailes.

En Venecia fué donde por primera vez pude examinar de cerca un monje. Acostumbrado á oir hablar de ellos desde mi niñez, en el sentido que hoy se hace; persuadido yo de que es una institucion que pasó para fortuna de la humanidad, y que pasó para no volver jamas; sin tener una idea precisa de ellos, porque en España fueron abolidos cuando yo tenia siete años, confieso francamente que al pasar junto á mí el primero que se ofreció á mi vista en Venecia, me separé espontáneamente por un movimiento casi repulsivo.

Le observé con curiosidad suma, y cuando le perdí de vista, me felicité nuevamente, como lo habia hecho otras veces, de que no les hubiera en mi pais.

Estoy hasta la evidencia convencido de que los monjes han pasado para siempre y por fortuna; las instituciones humanas todas tienen su época.

Otra de las buenas plazas de Turin es la de Carignano: ancha y espaciosa, con majestuosos edificios.

La plaza del Palacio Viejo, detras del cual reside el rey de Cerdeña en un edificio que llaman palacio, por equivocacion sin duda, es grande y despejada como todas las de la ciudad: á ella desembocan las calles mas elegantes, donde el comercio tiene sus lujosas tiendas[24].

El Palacio Viejo, que aislado se ofrece en medio de la plaza, no logró interesarme un minuto á pesar de su antigüedad venerable y su color histórico. Sus lienzos desiguales y abandonados, sus viejos torreones, su balconaje oscuro y pobre, su mezquina estatura que no llega ni con mucho á la talla de los palacios, todo su conjunto en una palabra no ofrece nada que admirar, razon por la que seguimos adelante, y á la verdad que es un apuro no pequeño para mí, que no sé donde llevar al lector: ¡tan diferente es Turin de Venecia[25]!

Uno de los mas bellos ornamentos de la capital del Piamonte para
mí, es natural, y nada debe á los hombres.

Hablo de los magníficos Alpes, siempre portentosamente
admirables, con su secular cabellera de blanquísima nieve.